EL bisabuelo de Laura era maestro en un pueblo de Toledo y nunca tuvo un problema con sus alumnos ni con los padres de éstos. Sin embargo, en febrero de 1936 votó al Frente Popular y ese gesto -tan inocuo en un país que se creía a sí mismo libre, tan carente de malicia o de revancha- acabó acelerando su destino. En julio de ese mismo año, unos pocos días después de la sublevación, un grupo de hombres llamó a la puerta de su casa. Laura me cuenta que su abuela jamás pudo olvidar la serenidad con la que su progenitor le dio el último beso a su mujer antes de emprender el camino hacia su particular calvario. No volvieron a verle, y nadie tuvo la decencia de decirles dónde yacía su cuerpo agujereado por las balas de los tres o cuatro tipos que, espoleados por la falaz retórica del fascio, acabaron con su vida. Laura me dice que, a partir de entonces, las dos mujeres tuvieron que soportar las miradas maliciosas de las vecinas, los murmullos de los hombres en la plaza Mayor y los sermones de un cura que, en cada confesión, les recordaba lo mal cristianas que habían sido por dar amor y cobijo en su propia casa a un traidor a la patria.
Probablemente Laura nunca verá cómo el Vaticano rinde público tributo a la memoria de su bisabuelo. Tampoco le preocupa, porque desde siempre ha renegado de una institución que tan pronto pasea bajo palio a dictadores como condena el uso del condón, favoreciendo así el arrollador avance de la última gran epidemia de nuestro tiempo. Pero hoy me cuenta todo esto con los ojos encendidos mientras lee en el periódico un reportaje sobre la próxima beatificación (o canonización, o martirización, tanto le da) de unos cuantos cientos de personas a cargo del Papa Benedicto.
Un buen número de hombres y mujeres que dentro de muy poco subirán a los altares para contemplar desde allí las cunetas y las fosas bajo las que yacen, anónimos y olvidados, aquellos que ni siquiera gozan del privilegio de una humilde sepultura. Los malos cristianos que un día, hace setenta años, perdieron el nombre y la vida por castigo de Dios. Y de la Patria.