Los 'pájaros agoreros', que en todos los sitios hay, nos anuncian toda clase de desastres de la madre naturaleza: el aumento de las temperaturas se sitúan en cerca de los siete grados; hay peligro de que se derritan los Polos; habría tifones, huracanes, y las correspondientes inundaciones que se llevan por delante millares de muertos.
Claro que el ser humano es egoísta por naturaleza y suele decir: «no creo en el cambio climático, pero, mientras no me toque a mí, el que venga detrás que arree».
Personalmente creo que, a fuer de buen optimista que es una, habría que tener un poco de temor, debido a la cantidad de tropelías que se cometen continuamente contra este destartalado planeta.
Hace más de treinta años, escribió un libro Miguel Delibes (padre) titulado, 'Un mundo que agoniza', pero por aquel entonces entrábamos en la cultura del consumismo, con la pueril idea de que el mundo era inmenso e inagotable.
Hoy, después de más de tres décadas, el hombre empieza a pensar que, efectivamente, las reservas en general del globo terráqueo se van agotando, por una razón muy sencilla: se consume más que se produce.
Para el novelista vallisoletano, «el progreso consiste en establecer las relaciones hombre-naturaleza en plena concordia, y eso se ha olvidado».
El hombre moderno ha antepuesto la técnica al humanismo, ha hecho del progreso una batalla campal en la que triunfa y manda el más fuerte, el más rapaz, el menos ético.
Sorprende comprobar cómo el texto de Miguel Delibes no sólo no ha perdido vigencia, sino que se está cumpliendo punto por punto.
Este libro, por la importancia de los datos que ofrece y por la solución que aporta, merece ser texto en las escuelas y brevario de solución de quienes desean seguir siendo seres humanos.
Decía Rousseau: «La naturaleza no nos engaña nunca; somos siempre los humanos los que nos engañamos a nosotros mismos».





