Algunas ciudades se enquistan en sus costumbres, en sus calles en sus vías. Otras tienen la vocación de caminar hacia delante, de ir a más, de mostrar diferentes facetas. Una de las salidas va siempre unida a las vanguardias artísticas en cualquiera de sus manifestaciones. Y que los llamados clásicos alcen su voz y piensen que eso es una pérdida de tiempo y un gasto inútil de dinero entra dentro de la lógica.
Es sano. La controversia tiene, por fuerza. que hacernos aprender, tiene que motivarnos a caminar más rápido, a mirar en más direcciones, a estar vivo, a permanecer despierto.
Otra cosa diferente es la protesta sistemática y casi folclórica nacida del desconocimiento, de aquellos que se niegan a ver y se imposibilitan para sentir cualquier sensación que los saque de su mismidad ultramontana.
Ayer se reinauguró el teatro de la Laboral y ya hay manifestaciones en todos los sentidos. Y todas tendrán sus razones y también sus gustos, que sobre gustos hay tanto, tanto, escrito que a efectos prácticos viene a ser como si nada se hubiera dicho de tal asunto. Pero dejo una reflexión: en los tiempos que corren, ¿no es motivo de alegría la apertura de un teatro? Y, además, se abre en Gijón, que si fuera en Sebastopol a todos nos parecería fantástico.
Ya tendremos tiempo para valorar si lo que nos muestran nos lleva a alguna parte o a un callejón sin salida. Lo discutiremos entonces.





