Natural de Ribadesella, Encarna llegó a Gijón con apenas doce años -en plena instauración de la República- para instalarse con sus padres y ocho hermanos más en una de las viejas casuchas proletarias de Contrueces. Entonces la familia estaba encabezada por un humilde carretero que ganaba día a día el pan de los Vega transportando mercancías sobre un carro de mulas entre Ribadesella y Gijón. En 1932, sin embargo, una muerte repentina dejó huérfana a una adolescente Encarna que se vio obligada a buscar su propio sustento, primero sirviendo a las familias burguesas de la ciudad y, años más tarde, como ayudante de cocina en el bar Avenida. «Me contó una vez que durante la guerra se había dedicado también a coser sacos terreros para los milicianos. Le pregunté que cuánto le pagaban, pero me dijo: '¿Cómo les iba a cobrar si perdieron la guerra?'», explica Marcelo. Tras hacer un curso de peluquería, en los años cincuenta Encarna Vega comenzó a cortar el pelo a domicilio «moviéndose en bicicleta por todo Gijón» hasta que definitivamente abrió, pocos años después, su propio local en la calle Dindurra.
Vidas cruzadas
Las vidas de Encarna y Marcelo se cruzaron por vez primera en Contrueces, en los últimos estertores de los años cincuenta. «Entonces empecé a conocerla de vista. Yo iba de vez en cuando a tomar algo por allí, porque en el barrio vivían muchos compañeros de la mina, y ella pasaba a menudo caminando con sus hermanas». La relación de Encarna con sus hermanas siempre fue muy estrecha y motivó en alguna ocasión situaciones tensas que, ya de joven, mostraban su carácter combativo contra la sociedad de entonces. «Una vez, la Guardia Civil detuvo a dos hermanas suyas por un altercado con un policía en el barrio. Encarna se plantó en el cuartelillo, se enfrentó al sargento y empezó a gritarle a sus hermanas que no se dejaran esposar. Cuando las llevaban al cuartel de Los Campos en tranvía y el revisor quiso cobrarles, ella le respondió, señalando a los guardias civiles: 'Que paguen aquellos. Si no, nos bajamos aquí'».
En 1961, la excusa de un baile en la plaza de Europa sirvió para unir definitivamente los caminos de los dos socialistas. «Era un sábado por la tarde y ella estaba con dos sobrinas. La saqué a bailar y desde aquel día ya empezamos a vernos cada poco». Debido a la situación política del país, durante sus primeros meses juntos Marcelo le ocultó a Encarna su condición de militante socialista, hasta que ella empezó a sospechar. «Me preguntaba por qué iba tanto a Langreo, si tenía novia. Cuando le expliqué el motivo, me dijo: 'Mañana apúntame a mí también al partido'». Aunque nunca antes había estado asociada ni afiliada a ninguna corriente, «ya cuando trabajaba en el bar Avenida hizo amistad con muchos anarquistas, que luego me fue presentando».
Desde el primer momento, Encarna se convirtió en un apoyo fundamental en la actividad política de Marcelo y empezó a participar en las reuniones clandestinas. «Incluso nos enseñó a tirar la propaganda. Nosotros éramos tan burros que íbamos soltando las octavillas mientras caminábamos a favor del viento, y al final se nos caían todas encima», ríe. Ella les aconsejó «ponerlas en las barcas del Muelle o en las ruedas de los autobuses, para que salieran volando cuando arrancaran».
Visitas a la prisión
El papel de Encarna ganó importancia a finales de los años sesenta, cuando su compañero cayó preso en una redada política. Durante el tiempo que pasó en los calabozos de El Coto, ella se ocupaba de pasarles ocultos alimentos y propaganda, esquivando el control de los guardias. «Con una jeringuilla sacaba el líquido de los botes de melocotón y los llenaba de coñac o de anís dulce. En la cesta escondía la revista 'Triunfo' y hasta llegó a traer octavillas guardadas dentro de un centollo y propaganda en una morcilla». Marcelo recuerda también que «todos los días me escribía una carta», si bien la particular caligrafía de Encarna -«tenía una letra muy mala y sólo la entendía yo»- llegó a despertar las sospechas de los responsables del presidio. «Hubo una época que me las retuvieron porque pensaban que me estaba pasando mensajes en clave».
Fue precisamente la situación de Marcelo la que le forzó a celebrar, en 1968, una boda que en principio ninguno quería. Durante los días que estuvo en prisión preventiva, Encarna se encontraba con serias dificultades para poder visitarlo por no estar casada con él y la pareja consideró que lo más conveniente era convertirse en matrimonio ante los meses de cárcel que se avecinaban. «Yo no quería casarme por la Iglesia y estuvimos investigando a ver qué se podía hacer. Al final encontramos un cura que nos dejó casarnos en San Lorenzo casi de forma clandestina, a las 8 de la mañana y sólo con los padrinos y un par de hermanas de Encarna. Era un cura de izquierdas que, años más tarde, dejó la Iglesia y también se casó».
La celebración de la despedida de soltero, conjunta para los dos, no resultó tan discreta, aunque sí fue igualmente peculiar. «Juntamos a más de cien personas en el Costa Verde. No había invitados; podía ir el que quisiera. Al final, se montaban corrillos políticos, empezaron a gritar consignas y algunas clientas de la peluquería que había invitado Encarna, que eran burguesas, salieron corriendo asustadas». Años después, clientas como estas desconocían que, mientras reposaban bajo el secador, tras las paredes de la sala Marcelo organizaba reuniones clandestinas en una habitación donde eran bienvenidas todas las corrientes de la izquierda.
En los últimos años de la dictadura, cuando el Partido Socialista comenzó a reorganizarse, Encarna empezó a acompañar a Marcelo a las reuniones que se celebraban en Francia, en Madrid, en Sevilla... «Entonces empezó a coincidir por primera vez con más mujeres en las asambleas políticas. Iba conmigo a todos los sitios y yo no me podía negar. Decía que la mujer tenía que buscar su sitio y ese sitio estaba en la lucha política». Encarna entabló gran amistad, entre otras, con Carmen Romero -«se creó un grupo de mujeres militantes en torno a Encarna»- y, según Marcelo, «todos tenían mucha simpatía por ella». Cuenta como anécdota que cuando Alfonso Guerra les visitaba en Gijón «se tiraban los dos hasta las tres de la mañana contando chistes».
Siempre atenta
«Decidida, espontánea y valiente», Encarna estaba siempre atenta a ayudar a su marido hasta el punto de sacarse el carné de conducir en 1973 para llevar a Marcelo «en busca de socialistas» por los pueblos del Occidente. «Todo se le daba bien y no se encogía ante nada. A veces hasta me echaba una mano cuando pintaba en las casas para que terminara antes».
Con la llegada de la democracia, al fin, Encarna pudo dedicarse más tiempo a sí misma. «Fue la primera alumna de la Universidad Popular y se apuntaba a todo: gimnasia, literatura... De joven nunca había estudiado y cuando empezó a ir a las clases venía contenta como una chiquilla y empezaba a conjugarme los verbos. Era muy inteligente, pero antes no había tenido oportunidades». Aficionada a la cocina y la pintura, Encarna sólo le reprochaba a su marido, en la época en que este fue concejal, el mal humor con que acababa las jornadas. «Me pedía que lo dejara». Nunca quiso desvincularse, no obstante del Partido Socialista ni de UGT.
Encarna nunca tuvo hijos, pese a que llegó a cuidar como si fueran tales de su sobrina Conchita y, durante un par de años, de los hijos de algunas clientas de la peluquería que emigraron a Europa «hasta que sus padres lograron asentarse allí». Su legado, su descendencia, son ahora los años de lucha por la democracia y los derechos de la mujer. Marcelo la recordará «abierta y generosa», cantando viejos himnos aprendidos de los anarquistas. Siempre «una mujer libre».





