Pues ya ven, una servidora continúa sin encontrar razón alguna, ni humana ni divina, para asesinar. Y conste que la inmoralidad del asesinato va por periodos, por sistemas, por tendencias y hasta por miedos colectivos.
El cura juzgado y condenado en Argentina por cometer siete asesinatos, participar en sesiones de tortura y utilizar el sacrosanto secreto de confesión para delatar a los detenidos, en otro tiempo sería considerado como un servicio honorable a la comunidad, la religión y al mismísimo Dios. Lo suyo fueron asesinatos. Puros y duros. Por más que, en otro tiempo se considerase bueno y loable. Y si no piensen en Torquemada y todos sus compañeros de hábito sagrado.
Que los obispos españoles bendigan la canonización de los curas y monjas, tristemente, asesinados en la barbarie de nuestra Guerra Civil y hablen de Holocausto de cristianos, suena a pecado de lesa humanidad al pensar que los otros muertos, tan inocentes como los suyos, pertenecen al bando de quienes, parece ser, fue justo asesinar. Por cierto, monseñor Camino, en el Holocausto de los campos nazis murieron miles de republicanos españoles.
Que unos seguratas armados hasta los dientes, justifiquen en Irak el asesinato del primer civil que se les ponga en la mirilla, no es otra cosa que asesinato. Puro, duro.
Que cualquier fanático hambriento de cultura y razón, se coloque un cinturón de explosivos y se inmole feliz con tal de llevarse por delante a unos cuantos, es asesinato. Puro y duro.
Que cualquier idea se defienda con una bomba lapa, con un tiro en la nuca o un coche repleto de explosivos, no es defensa, es asesinato. Puro y duro.
Absolutamente nada justifica la muerte de otro ser humano. Y quien lo comete, con toga, uniforme, túnica o vaqueros, es, simple y llanamente, un asesino.





