
Pedro Rubiera, padre, con otros amigos, de la iniciativa, asegura que organizar el primer encuentro fue muy sencillo, porque «el boca a boca corrió como un avión». Las agrupaciones vecinales tienen ahora actualizados sus censos, pero convocar a quienes hace aproximadamente medio siglo compartían calles podía haber resultado poco menos que imposible.
De las primeras reuniones surgió la necesidad de trasladar al presente lo más querido del pasado y el colectivo de antiguos vecinos planteó al Ayuntamiento, y logró, perpetuar la memoria de Rufino González Álvarez, Rufo, en un monolito conmemorativo ubicado en un parque de Perchera.
Pedro Rubiera recuerda con emoción al entrañable alcalde pedáneo que «fue como un padre para todos los chiquillos del barrio» y tenía «las manos más generosas del mundo». Cuenta el ahora dirigente vecinal de Roces que Rufo tenía un bar-tienda que se convirtió en el primer centro de jóvenes de la ciudad, cuando ese tipo de equipamiento era todavía una aspiración poco menos que utópica. Rufo, dijo también Rubiera, no dudó tampoco en interceder por cualquier vecino si motivos ideológicos le ocasionaban cualquier tipo de represión.
Las cosas han cambiado mucho y obviamente no sólo en cuestión de equipamientos y libertades. El barrio de Nuevo Gijón todavía no existía y Pumarín era aún incipiente. Lo que no ha cambiado es el sentir, más emotivo que nostálgico, de antiguos vecinos que transmiten la camaradería a sus familiares para sus citas anuales sean algo más que reuniones de un grupo de amigos.
Dos veteranos
Ayer, además de la ofrenda floral en memoria de Rufino González Álvarez, dos veteranos: Ana Fernández González, nacida en 1914, y Alberto García Velázquez, nacido en 1923, protagonizaron la expresión de cariño de sus antiguos vecinos, de sus familiares y del Ayuntamiento de Gijón, representado por José Manuel Sariego.





