
El finlandés dejó de ser una promesa para convertirse en toda una amenaza, primero, para el rey Schumacher y, después, para el príncipe Alonso. Pero eso ya es cosa del pasado. Ahora él es el rey. Y, como tal, hizo ayer su entrada, a eso de las tres de la madrugada, en la discoteca Pachá de Sao Paulo, el local de Villa Leopoldina, un hervidero de gente donde se celebraba la fiesta 'oficial' de cierre de temporada, bajo la organización, como no, del equipo Red Bull.
Raikkonen ha acrecentado su imagen, la de unos de esos pilotos rápidos, fríos y calculadores. Su entrada fue también muy similar. Rodeado de un pequeño grupo de familiares -encabezados, como siempre, por su padre- y amigos, intentó entrar con discreción al local. Pero, en vano. El piloto de Ferrari, no obstante, ya venía algo animado. De hecho, llegaba de doblete porque minutos antes había acudido a la cita que Martini había preparado a la escudería Ferrari en honor a sus dos títulos.
El finlandés se transforma en los espacios cerrados y, especialmente festivos. Ayer lo volvió a hacer. Con una cerveza en la mano, Kimi se desenvolvió con soltura en el arte del baile, acompañado por un grupo de rubias.
Pero no fue el único. A la cita de la escudería Red Bull acudieron muchos de los miembros habituales del 'paddock'. Entre los pilotos, con una cinta atada en la cabeza y muy efusivos, se pudo ver a los dos brasileños de la actual parrilla, Felipe Massa y Rubens Barrichello.





