Algo similar pasa con 'El orfanato' (2007). Pese a contar con varios agujeros estructurales, la película dirigida por Juan Antonio Bayona, y escrita por el asturiano Sergio G. Sánchez, se las ingenia para terminar siendo un estimable filme. En este hermoso relato llama la atención cómo lo más difícil, el elemento fantástico, está plenamente conseguido, mientras que lo que chirría es precisamente el contexto de realismo cotidiano sobre el que se asienta.
En este sentido, algunas cosas no cuadran: cuesta creer -por ejemplo- que nadie, ni siquiera la Policía, sospechase nada de lo acontecido a mediados de los 70 en el hospicio llanisco; así como que por aquellos tiempos una pobre trabajadora se gastase el sueldo en material de Súper 8, entonces todo un lujo burgués. En otros casos, se trata de soluciones narrativas que no hacen sino forzar el argumento según las necesidades de la trama: ¿no es un poco absurda esa fiesta inaugural de máscaras?, ¿cómo es que una madre deja adentrarse a un crío, solo, en una peligrosa cueva?, ¿es posible que, tras una reforma integral, un caserón pueda albergar todavía tan grandes secretos arquitectónicos, o que allí se conserven -sin objeto alguno- muebles y ropas de hace treinta años, espantapájaros incluido? Aristas todas ellas fácilmente pulibles con un poquito más de trabajo. Quizá bastaría con haber ambientado este cuento gótico en tiempos no tan cercanos a los del espectador. Salva a 'El orfanato' el dominio de los resortes y estilemas del cine fantaterrorífico demostrado por el director y el guionista. Gracias al buen hacer de sus responsables, 'El orfanato' funciona para la mayoría del público como un mecanismo de relojería. Alcanza una intensidad dramática que le permite elevarse, con convicción, por encima de sus defectos, aunque sepamos comprometida su verosimilitud y menoscabado, en cierto modo, su rigor intelectual.





