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Una hora
28.10.07 -

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EL cambio de hora instala definitivamente el invierno. Es uno de los asuntos que adornan este domingo, a falta de la Fórmula-1 y, ya también, de los premios Príncipe de Asturias. Hoy toca tema tiempo y la fatiga de las conversaciones sobre el reloj, los atrasos, las energías ahorradas, se van sucediendo en los quioscos, cafeterías y ascensores. Sabemos que los expertos desconfían de la medida y explican que no es lo mismo atrasar una hora en Dinamarca, que hacerlo en Grecia. Manuel Toharia, famoso hombre del tiempo y director del Museo de las Ciencias de Valencia, sospecha de todo este asunto. «¿De verdad ahorran lo mismo los gallegos que los andaluces?», se preguntaba hace unos días. Además, añadía Toharia. «¿cuál es la fecha idónea para ese cambio? ¿Por qué no duran la hora de invierno y la de verano exactamente medio año, que sería lo justo si de verdad el ahorro se debe al descenso o aumento progresivos de horas de sol entre equinoccio y equinoccio?». La Unión Europea le da la razón; de hecho, hace siete años, el organismo reconocía que la moderación energética no llega al 0,5%, una cifra más bien modesta y poco acorde con las protestas que cada año asoman su nariz siempre que se tocan las horas. Los expertos sí que constatan, además, que estos vaivenes temporales inciden de diversas maneras en el organismo. Se soporta mejor ahora que en verano, pero en ambas ocasiones afecta al llamado reloj biológico y provoca trastornos en el sueño, especialmente entre los niños y los ancianos. La cosa es que la medida fue tomada después de años y, como se barrunta Manuel Toharia, costará otros tantos deshacer el entuerto, aunque algunos países estén dispuestos a romper la baraja, como Francia, y poner, con toda la dificultad supuesta, una pica en Flandes. Yo no tengo razones para sensibilizarme con una u otra teoría. Los datos parecen avalar la fragilidad de esta empresa, pero, no me digan porqué, me encantan los saltos de tiempo. Sobre todo cuando se producen en primavera, a punto de desvanecerse las últimas sombras del frío y sus tormentas, cuando el verano se deja notar poco a poco, hasta que una mañana explota de luz por entre cada hueco de cada ventana y esquina. Pero tampoco está mal el recogimiento que sugiere lo que hoy hemos hecho, algunos de madrugada, atrasando las agujas del reloj una hora. Nos daremos cuenta mañana, al caer la tarde, de bruces casi, ante nosotros y sobre nosotros. Ya es invierno, quiera el cambio meteorológico lo que quiera, sin más fisuras que las causadas por millones de bombillas doradas. Esas que acechan a la vuelta de una hoja de calendario, subrayando la alegría de la Navidad. Y eso sí que provoca, en más de uno me temo, trastornos de sueño. O de sueños.
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