En el epígrafe de retornos, José Carlos Díaz escribe cosas así:
«Eran en mi niñez calles mugrientas con olor a tripas de sardina, con ropa tendida en los balcones y tiznada por el hollín de las chimeneas, con gatos recelosos y maulladores, con restos ajados de guirnaldas de siesta sobre el tendido eléctrico... Calles que tenían sobre su piel húmeda de lluvia menuda y eterna un tatuaje canalla de puerto de paso y una voz ronca de tabaco y alcohol estraperlados».
En el capítulo de pasiones, el escritor es Emilio Amor:
«Sutil / aunque sin duda condenada a disolverse / la neblina del mar se va adentrando en la mañana / y avanza por las calles húmedas de la ciudad y el puerto, / junto a ebrios noctámbulos / y sublimes garotas con el rimel corrido / y el carmín esfumado por algún torpe amante».
En el apartado de canallas, la prosa es de Juan Ignacio González:
«Cuesta arriba por Vicaría o El Rosario, recuerdas El Farol, La Cabaña, el Gallo Kaiku, hace veintitantos años-siglos ya. Cuando Cimavilla era Cimavilla para tipos con cojones, y las putas eran cándidas y encantadoras madrazas de El Llano o Pumarín, tipas con mala suerte y poco vicio».
Estamos ante una tan original como heterodoxa visión del Barrio Alto, que cuenta con las acojonantes fotografías de Juan Garay, ese diablo cojuelo que no precisa de sustentación aérea para acceder a los interiores e insuflar alma a las cosas. En 'Cimavilla' hay mucho más de lo que a simple vista parece, sobre todo a la mirada simplona de un veedor de grupo organizado, en el reverso oscuro de una forma de mirar luminosa e inteligente como la de Garay.
Un libro para gozar viendo y leyendo.
Una joya.
Así que les aconsejo hacerse con uno, aunque sea comprándolo.
Me lo agradecerán.





