Conozco desde el año 1940 dicho patio por haber vivido durante muchos años por aquella zona, en las calles de Eladio Carreño, Ezcurdia, Marqués de Casa Valdés y Juan Alonso, bien cercanas a él.
La transformación experimentada por esa ciudadela ha sido grandiosa: desde un patio de vecindad, mitad basurero mitad viviendas, hasta una zona ajardinada como tiene en la actualidad. Y es que cien años son muchos años, en los que Gijón pasó de ser poco más que una aldea a convertirse en la gran ciudad que es hoy.
Conocí un Gijón que apenas rozaba las 100.000 almas en los años 40, y que luego, con el impulso del tren de las tres, Uninsa y Ensidesa sobrepasó las 250.000 y que hoy anda cerca de las 300.000.
Gijón ha sufrido dos aluviones. El primero, de la cuenca del Nalón y el segundo, de la cuenca del Caudal, que ambas zonas mineras optaron por la villa gijonesa, en la que se integraron por completo, hasta el punto de convertirse en unos gijoneses más, como lo prueba la historia de este libro, ya que su autora ha nacido en Mieres, lo mismo que Javier Granda, el autor del libro del parque de Isabel la Católica, al que ya dediqué hace semanas una columna en estas páginas de EL COMERCIO.
Está muy bien que nuestro Ayuntamiento y su alcaldesa hagan memoria de la historia de nuestra ciudad. Eso sí, es una memoria histórica de verdad, digna de recordar y a lo largo de cuyos años se vivieron épocas turbulentas y otras de paz y buena convivencia.
Hay que recordarlas todas y sobre todo las pacíficas, que son las que más valen y más sirven a los que aquí vivimos.





