Ni sirven chocolate caliente -aunque mal del todo no estaría, me ofrezco a llevar termo-, ni el autobús se ha vuelto biblioteca, ni siquiera se ha transformado en tranvía literario que recorre el trayecto entre Marsé, Pessoa y Joyce, llegados a Thomas Mann, ¿fin? no, el trayecto continúa hacia la próxima estantería. No, no ocurre eso en Mieres, pero sí que han unido 'bibliotecas', 'día sin coche', 'libros', 'autobús', y lo han presentado al público lector-no lector-usuario de autobús como una actividad de cuentacuentos, y los han animado a crear con esas palabras una oración en la que queda a libertad de quien se atreva a subirse al autobús la elección de verbos y, en todo caso, no a poner un punto y final, sino un punto y rueda; la continuación, en una próxima parada lectora.
Sí, es como un punto y coma, la iniciativa del Ayuntamiento de Mieres, porque exhorta a continuar la historia, la del día sin coche, la del día de las bibliotecas.
«Queremos contar la historia de Hans Castorp ». El bullicio del autobús de las diez entre Cenera y Mieres hizo que su voz se elevara un poco y más, hasta que 'La montaña mágica' enmudeció cualquier otro ruido que no fuera el de la voz de la lectora impaciente, por llegar, pero al final de la novela. «Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó », como hacía el autobús entre Valdefarrucos y Ujo.
Lo de leer en alto en el autobús se había convertido en una experiencia con público incorporado, que buscaba entre las líneas de Mieres a la lectora impaciente. ¿Eh, despierta! Hemos llegado. ¿A dónde, a la biblioteca? No, mujer a la parada. Estamos en Ablaña. Claro, te pasas las noches leyendo. Y encima ahora a los del ayuntamiento les da por regalar libros. Así se van los presupuestos. Total, para lo que sirve leer. Ah, mañana venimos en coche.





