«Acomodarse con la pobreza es ser rico; se es pobre, no por tener poco, sino por desear mucho».
Donde no encuentra alivio alguno es en materia de fe:
«Estruja la fe, y al zumo/ que le arranques llorarás;/ enciéndela, dará humo/ que te hará llorar aún más».
Tampoco es capaz de hallar refugio en la creencia en otra vida:
«Existe otra vida, sí, pero es la de esos que no pasan apuros económicos».
Menos mal que su senequismo lo conduce por otro derrotero consolador:
«Si me ofreciesen la sabiduría con la condición de guardarla para mi sin comunicársela a nadie, no la querría».
Pero la quiere y la siembra por doquier a la más mínima oportunidad mediante citas que guardan consonancia con el asunto de que se trate en una conversación, siempre y cuando la cosa le interese, puesto que si no aplica una de sus máximas de comportamiento:
«El sabio, escuchando, será más sabio».
No fue tal el caso, por ejemplo, de su intervención en una tertulia en la que se hablaba de la institución familiar:
«Antes la familia era una faja que mantenía firmemente unidos a sus componentes, era el auténtico sostén de la sociedad, pero hoy en día está hecha una braga. A pesar de ello un servidor es un firme creyente en las familias numerosas: todo hombre debería tener un buen número de esposas, y viceversa».
O como cuando dijo en otra tertulia en la que el tema tratado era el de los beneficios que reporta el ejercicio físico:
«Sí, conserva perfectamente la salud de las personas que gozan de una perfecta salud. Y eso está bien porque el cuerpo, si se trata bien, es para toda la vida».





