
Alberdi - 'Felichu' para todo el mundo- tiene 75 años y Marcos y Fernández comparten edad, 64. Los tres están ya jubilados, pero en 1967 montaban ya a diario en las jaulas que les trasladaban a las entrañas de la tierra para extraer el mineral. Trabajaban en pozos diferentes, pero todos ellos acabaron integrándose, antes o después, en Hunosa. El de Candín, que fue el último en incorporarse a la sociedad, se llamaba entonces Lláscares y en él empezó su vida laboral José Luis Marcos. Entró de guaje o de rampero, como se llama a los ayudantes de la mina; después, estuvo formándose un año en la escuela de picadores Trabanquín, en El Entrego, para volver a Candín.
Ser minero era lo normal en un joven de Turón como él; también su padre y su abuelo habían sacado carbón, como tantos otros hombres nacidos en las cuencas. A finales de la década de los 50, 52.000 personas trabajaban en las minas asturianas, que en esa época aún no conocían la mecanización por la escasa vocación inversora de las empresas y también por las características de la cuenca hullera central, en la que predominan las vetas generosas en fallas y estrechas, en las que no era nada fácil introducir maquinaria. «El trabajo era duro, había mucho polvo, humedad, a las cuatro o cinco horas había que salir porque no se aguantaba», asegura Marcos. «La mina de hoy no es ni la mitad de dura de lo que era, por eso sólo los viejos la comprendemos», apunta Alberdi.
Con Hunosa llegaron, a finales de los 60, mejoras tecnológicas como la inyección de agua en las vetas, que redujo el polvo en suspensión y permitió plantar cara a las afecciones respiratorias, entre ellas la silicosis, la más común y temida por los mineros asturianos, que del 15% de incidencia pasó a su práctica desaparición. A Marcos le diagnosticaron un primer grado de silicosis, lo que le valió su traslado como bombero dentro del mismo pozo.
Señales para la huelga
La instalación de rozadoras -las primeras en llegar fueron soviéticas- facilitó la extracción del carbón y eliminó las vibraciones de los martillos que tanta factura pasaban a los músculos y huesos de los mineros. «Descansábamos pocos días, porque se trabajaban sábados y domingos, no como ahora que quedan sólo los de mantenimiento, y además nunca sabías cómo iba a ser la jornada, todas eran distintas porque a veces encontrabas vetas duras y otras más blandas», explica Alberdi en la lampistería de Candín. Busca el número 39 entre las fichas de los mineros; fue la suya en los años en que trabajó en el pozo de Tuilla.
'Felichu' no recuerda con precisión los períodos en los que formó parte del pelotón de mineros que extraía carbón de esa mina. Su actividad sindical le llevó en varias ocasiones a la cárcel y a un destierro de siete años. «Ahora se cuenta y parece mentira, pero fue real», señala. Los pozos asturianos fueron a finales del siglo XIX escenario de las primeras huelgas generales y germen del movimiento obrero en España. Tras el colapso que supuso la guerra civil, las luchas laborales y políticas resurgieron con fuerza a finales de los 50, muy ligadas a la nueva generación de mineros, a la que pertenecía Félix Alberdi, guipuzcoano de nacimiento pero llegado a Sama de Langreo con tan sólo cuatro años.
Los mineros tenían buenos salarios. Alberdi recuerda que en el pozo Modesta, donde ingresó con quince años, el jornal diario era en los años 50 de siete pesetas, dos más que la paga en Duro Felguera. «Pero estábamos más días en huelga que trabajando», señala. Los paros se organizaban a pie de pozo, en las casas de aseo, donde los mineros se aseaban al término de la jornada, y en las salas donde fichaban y recogían el casco y el utillaje necesario para el trabajo. «Muchas veces ni hablábamos, así evitábamos que los delatores nos denunciaran», explica José Luis Marcos, compañero de militancia de 'Felichu' en CC OO y en el Partido Comunista. Bastaba que un picador no bajara la percha en la que se ventilaba la ropa de faena para que nadie acudiera a la jaula. Eran señales que todos entendían.
Las huelgas implicaban cárcel para los instigadores, y sus familias pagaban también las consecuencias. Las esposas y los hijos de muchos mineros lo saben bien. Por eso, Alberdi acude a la cita con sus compañeros junto a su esposa, Maruja Ramos. «Sin nuestras mujeres no se entiende la mina», afirma. Durante el destierro de su marido, Maruja sacó adelante a sus hijos gracias a la caja de resistencia de los mineros que, a escondidas, entregaban unas pesetas de su paga para las familias de los más comprometidos. «Antes no había el consumismo de ahora, con tener para comer y vestir bastaba, pero las pasamos canutas muchas veces», dice la mujer.
«Nadie nos regaló nada»
«La mina enseña compañerismo, solidaridad, es lo mejor que tiene», asegura Emilio Fernández, convencido de que cada mejora en las condiciones laborales conllevó pérdidas de todo tipo. «Nunca nadie nos regaló nada», afirma este hombre nacido en Sama, que comenzó a trabajar en el lavadero de Modesta en 1958 para recalar en 1962 en el pozo Fondón, donde se jubiló treinta años después. Nunca tuvo miedo a la hora de bajar a la mina porque, como dice Marcos, «es que si lo tienes no entras».
Todos han visto morir a compañeros, a amigos. La madrugada del pasado 17 de octubre, pocas horas después del encuentro de los tres jubilados en el Candín, Óscar Luis Velasco, de 44 años, falleció por inhalación de gas metano, a pesar de que cada trabajador lleva consigo una mascarilla de oxígeno y de que los modernos metanómetros han sustituido a las viejas lámparas de gasolina que antaño indicaban la existencia del grisú. «Si la lámpara se apagaba, había que retroceder rápido», explica José Luis Marcos.
Desde 1973, Alberdi recuerda muchos días a Dolfín, el compañero con el que un día intercambió la galería en la que debía trabajar. «Dolfín no se encontraba bien del estómago, así es que me ofrecí para ir yo abajo, con lo que él se quedó arriba», recuerda 'Felichu'. A las cuatro horas de turno, el ruido de la explosión y el humo le indicaron que el grisú había reaparecido. «Hubo siete muertos, todos de Langreo, menos uno que era de Quirós. Dolfín murió. Siempre pienso que le debo la vida», añade agradecido.
En su recorrido por el Candín, Marcos, Alberdi y Fernández se encuentran con los mineros del turno de las cinco; conocen a algunos porque son hijos de antiguos compañeros. «No quiero morirme sin volver a entrar», dice Emilio Fernández señalando el pozo; la última vez que lo hizo fue en 1992. Ocho mineros entran en la jaula y los tres veteranos les despiden con una misma voz: «Tened cuidado ahí abajo».





