
Cristian se estaba formando como soldador en un cursillo al que asistía en Porceyo y su gran afición era el kárate. Ya era cinturón negro y estaba a punto de examinarse de Primer Dan (el primer grado que se puede adquirir una vez que se ha llegado a cinturón negro). Empezó a entrenar con apenas 8 años. El que siempre fue su profesor, Ricardo García Mendaña, le recuerda como «un niño valiente». «Se apuntaba a todos los campeonatos, pero era muy humilde, nunca pedía nada». Era muy participativo. Llegó a competir en varios campeonatos y, asegura Mendaña, «si ganaba se alegraba y si perdía lo asumía bien».
A pesar de que «era muy introvertido», García Mendaña asegura que «tenía muchos amigos». «Todo el mundo está disgustadísimo», lamenta. Su pérdida ha sido un varapalo para ellos. «El kárate cubría mucha parte de su vida». Su profesor también recuerda su «pelo largo y su pequeña y tímida sonrisa».
Primer Dan
Cristian le seguía. Empezó a entrenar con él en el club Azteca y ahora estaba en el Santa Olaya, adonde se trasladó junto a su profesor, quien rememoraba ayer a este joven con enorme cariño. García Mendaña avanzó, además, que se le concederá a título póstumo el Primer Dan por parte del presidente de la Federación Asturiana de Kárate, Benjamín Rodríguez Cabañas.
«Era un chico normal», insiste su hermana, quien también explica que «tenía una novia en Valencia, con la que chateaba todos los días». La joven también está destrozada por la traumática e inesperada noticia. La rutina de Cristian, rememora, «era del cursillo en Porceyo, a entrenar a kárate y a casa a chatear con su novia». Por eso, se pregunta dónde pudo pillar el virus que acabó con su vida.
El funeral por Cristian se ofició ayer en la capilla del tanatorio de Cabueñes, donde después fue incinerado. Atrás deja a sus padres, José Luis y María Isabel; su hermana; la abuela materna, Josefa; su cuñado, José Miguel Moriano; y una sobrina, Ana Teresa, entre otros. Todos le recuerdan con mucho cariño y tristeza.





