LAS colas defienden al Museo del Prado. Las largas colas convierten el lugar en algo así como un castillo inexpugnable, fortaleza remodelada que cubre una extensión de este siglo, entre árboles y pasado. Las colas simbolizan lo más desgarbado de la dinámica social. En dictaduras, democracias, repúblicas y monarquías, puede que incluso en utópicas anarquías, las colas representan esa cara letal del poder, que azuza al pueblo, a los súbditos, a los camaradas, a enfrentarse con una realidad mastodóntica. Han sido representación de la molicie de los poderosos, con o sin laureles, capaces de dejar a la intemperie, al azote de los vientos y del sol y de la lluvia, a los pobrecitos ciudadanos cargados de domingo. Y, sin embargo, las colas también se alzan como medidoras de éxito y brillantez. Son el termómetro exacto de las virtudes del sistema, de las glorias del organigrama, de las veleidades del procedimiento. Una buena, larga, densa y aburrida cola cimenta y consolida el estado de las cosas. El Museo del Prado es uno de esos rincones recoletos que emergen por entre cualquiera de las esquinas de una gran ciudad. Como pulmón artístico, recoge las esencias del talento, las clasifica y califica, las cuida, custodia y ofrece al ojo del colista. Y ahora presenta su mejor fachada con las nuevas intervenciones arquitectónicas que firma Moneo. Las colas, subrayan diez titulares, han pulverizado todas las expectativas, batiendo nuevas marcas de aguante y sometimiento a la moda. Desde las nueve de la mañana del miércoles, último día de octubre, se veían cabezas y cuerpos agolpados a las puertas, hermosas y arbóreas puertas, del museo. Unos cuantos reporteros ejecutaban misión de testigos, firmado crónicas risueñas sobre el poder de convocatoria de la pinacoteca que estrena, además, exposición contemplativa sobre artistas del ayer pasados por el estigma de la desmemoria. La envidia, que es muy sana, recorre las salas de otros museos y de otras casas culturales y de muchos organizadores, arrasando a su paso con la impostura. Todos desean para sí, las elegantes, sinuosas, largas y agotadoras colas, a punto de elevarse al cielo. Para contarlas, después, para traducirlas a números, pasarlas a tinta y llenar estudios, memorándum, comunicados de prensa que anulen exámenes posteriores. Vivan las colas, pues, que nos regalan satisfacción política y cultural, todo sin más pago que unas horas de pereza, a cambio de tiempo muerto. Y, por si esto no fuera suficiente, las colas defienden de ladrones y maleantes, la sagrada institución. Porque está demostrado que si el Prado es uno de los museos más seguros se debe, en gran parte, a sus largas, largas colas. Impiden que la fuga sea limpia, rápida y eficaz.