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06.11.07 -

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HEMOS subido un peldaño en el ranking de la longevidad. Los españoles entramos en el registro tirando cohetes porque, según el CIS, vamos a poder celebrar ochenta cumpleaños antes de embarcarnos en la nao de Caronte, ese fúnebre bañerón que nos trasladará algún día al lugar desolado en donde habitan Los Otros. Aunque algún asfixiado ni podrá con las ochenta velas. Y algún que otro diabético tendrá prohibido meter el dedito en la tarta de azúcares y natas. Algún solitario ni se acordará de que nació justo hace ochenta lunas, ni tendrá a su lado quien se lo recuerde porque la perra vida suele llevarse por delante a los que serían nuestros contemporáneos, pero que se negaron a obedecer las estadísticas. Para los más, el dato es el aviso oficial de que a los ochenta es lícito abandonar la lucha para dejar paso a los corredores que llegan por detrás, de que ya se ha cumplido con esa fría sociología que, avalada por sumas y restas del Registro Civil, asegura que por haber sido más sanos, más duraderos y más felices, podemos irnos ya, hale, deja aquí la pensión y vete para que cuadren los números del presupuesto.

Y entonces acucia la duda. ¿Es bueno cumplir con la esperanza media de vida? Y si lo es, ¿por qué no llegan a los ochenta nuestros paisanos andaluces, esos que pasan por ser de los españoles más jaraneros, vitales, sevillaneros, rocieros y divertidos? ¿Y por qué sobrepasan la media los japoneses, los más viejos del mundo gracias a que desde la juventud mantienen la rigidez facial de un mújol, y ese impávido gesto sempiterno, que te estás durmiendo, golpeaba en la mejilla uno de Lepe a uno de Tokio, de quien no se entera de la fiesta? ¿Compensa llenar la vida de años semejantes a los de esa almeja ártica que lleva 400 años pegada a la misma piedra y tan campante, o es preferible llenar los años de vida para ir rápido, dejar los piños espetados en la cuneta del sino, y legar a la posteridad un cadáver joven y guapo como el de un James Dean?

Algo bueno tiene que tener llegar a viejo para que todo el mundo quiera llegar, aunque luego de puertas adentro se abomine de los daños colaterales. Por ahí va el abuelete tras Vicentín, acelerando a pesar de que la artrosis le tiene cogidos los cojinetes de la cadera. Los hijos trabajan y el abuelo ocupa plaza de canguro, un canguro renqueante que trota con crujidos de charrete vieja en una intentona fallida por impedir que el niño acabe en el estanque de los patos en el parque, Vicentín, coño, te he dicho que no te muevas de mi lado, como vuelvas a escaparte se lo digo a papá, y Vicentín, confiado en el amor a deshora del antepasado, corre que te corre, es un poco revoltoso, confiesa el amoroso anciano al borde del infarto, pero me da la vida.

Los viejos de estas últimas hornadas, informados por vía estadística de su fecha de caducidad, suelen tomar la vida por el lado bueno y hacen de su capa un sayo, que tengo frío, pongo la calefacción, que no veo, prendo la luz, que me pide el cuerpo baile, me voy con el Imserso a Benidorm que en mi casa mando yo y si quiero rompo un plato, y si me da por la gana cuido al nieto, y si no, me voy de putas, para no andar como ese otro que vive sin vivir en sí por culpa de alzheimer, y a la vejez, viruelas, y mira la Sara Montiel, va a volver a casarse, seguro, porque acaba de coger un avión para hacerse una de chapa y pintura en Miami con los mejores cirujanos americanos, y Marujita Díaz que está casi tan joven como Arturo Fernández, y vuelve el Dúo Dinámico, quince años y pico tiene mi amor, y de teloneros los Rolling Stones, otros que tal bailan. O la Sofía Loren, que parece haber apalabrado la inmortalidad con el crucificado que, cochina envidia, colgado de una cadena de oro levita plácido en la mullida de sus italianos senos.

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