-Sea franco. ¿No teme un éxodo masivo de feligreses por el cierre tan prolongado de la basílica?
-Si fuese una iglesia cualquiera sí sería motivo de preocupación. Sin embargo, el relieve que tiene la basílica en Gijón, y el hecho de que no tenga límites territoriales como las parroquias, me hace pensar que recuperará todos sus fieles. Además, tras la rehabilitación entrará mucha más gente, incluidos los que antes no lo hacían por miedo a que les cayera un trozo de estuco en la cabeza.
-Hablando de obras, ¿qué daños colaterales han provocado éstas en las instalaciones del templo?
-El mayor perjudicado es el viejo órgano, de la década de los cincuenta, al que le ha afectado mucho el polvo y no está en condiciones de volver a funcionar si no se restaura. Manejamos ya dos presupuestos, uno de 30.000 euros y otro de 220.000, para subsanar el defecto, en función de si se limpia la parte afectada por la carcoma o se vuelve a hacer el cuerpo del órgano con madera de roble con los mismos tubos. Mi deseo sería que el órgano estuviera en funcionamiento para la reapertura del templo.
-Sus compañeros del Ateneo Jovellanos han sido los últimos en aportar donativos para la restauración de los murales de la basílica, ¿cómo resultó el reciente viaje a Israel de 52 ateneístas con usted como guía?
-Fue un viaje que trascendió lo cultural sin pretenderlo, porque no se puede evitar la emoción de estar en lugares santos como Belén, Nazaret y Jerusalén por su significado religioso. Los ochos días de estancia cundieron mucho. Visitamos Tel-Aviv Yafo, Cesarea del Mar, Haifa, el lago Tiberiades y su entorno (Cafarnaún), el monte Tabor, la cuenca del Jordán, Kum-Ram, Masada (la Numancia de los judíos) y el Museo del Holocausto, que recibió el Premio Príncipe de Asturias cuando estábamos allí.
-¿Al margen del hecho religioso, por qué ejerce tanto poder de atracción aquel territorio?
-En el Santo Sepulcro está un pequeño monolito, el 'Omphalos', que significa en griego «el ombligo de mundo». Tiene un sentido teológico, pero ello no quita que en Jerusalén esté el centro del mundo, porque esa tierra es la quintaesencia de la historia de la humanidad. Allí nació la civilización y en la actualidad se hablan once idiomas, que se escriben en siete alfabetos distintos, y existen periódicos en todas esas lenguas.
Retiro en Tierra Santa
-En su caso, ¿hasta dónde llega su devoción por la Tierra Santa?
-Hasta querer ir a morir allí.
-¿Ve alguna salida próxima al conflicto palestino-israelí?
-No. Un intento de salida es la creación del Estado palestino, que es imprescindible. Pero en ambas partes hay grupos políticos que propugnan la destrucción del otro.
-¿Sigue siendo la seguridad tan férrea en Israel en los aeropuertos?
-Ahora no tanto. Hace años me descubrieron por escáner en el equipaje un libro escrito en árabe sobre trajes típicos de novia palestinos y dentro de un ordenador portátil apagado un artículo sobre un pueblo cercano a Ramala, Taybeh.





