También me produce rabia por la impotencia, como ciudadano, de no poder o saber rebelarme como debiera para evitar esas prácticas desalmadas y absurdas, esa primitiva costumbre de que el árbol estorba, de que es dañino, de que molesta. Y pena, mucha pena da comprobar que aún hoy en día, y principalmente desde nuestras propias instituciones, el respeto por la naturaleza se limite a vacías estadísticas, vanas disculpas y campañas ridículas. ¿De qué sirve llevar a escolares a plantar árboles si luego se talan porque son muy grandes?¿Para qué plantar decenas si al envejecer van a estorbarnos?
No hace falta ir a Inglaterra, basta con salir de España para comprobar que el respeto por los árboles no es un sueño.





