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El arte como memoria
11.11.07 -

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LA memoria colectiva es frágil, selectiva y manipulable; el poder intentará borrar de la historia oficial todo cuando no le convenga; el villano contratará estilistas para borrar las huellas de barro cuando acceda al palacio; el traficante, el mercenario, el impostor, tratarán de falsear su biografía cuando alcance el respetable papel de banquero. Pero el arte no olvida. Los horrores del ejército francés que pretendía traernos la Revolución a golpe de bayoneta permanecerán fijados para siempre en los cuadros de Goya; la masacre de Gernika en los grises de Picasso. Y ahora, la vergüenza de los soldados yanquis torturadores en Irak quedará grabada para la eternidad en los lienzos, impresionantes, de Botero.

Nadie recuerda los nombres de los generales franceses, nunca se inscribió en muros de mármol la filiación de los fusilados al amanecer, pero el impacto de sus ojos alucinados recogidos por Goya se han fijado en la pesadilla colectiva; en Japón, los libros escolares ignoran los horrores cometidos por sus tropas en China, pero las novelas de Murakami recogiendo esas historias perdidas no podrán borrarlas nunca, ni silenciará el Gobierno turco la verdad del genocidio armenio denunciado por Pamuk; los gritos desgarradores de un pueblo sorprendido en el mercado seguirán gritando eternamente en el homenaje de Picasso a Gernika.

En breve, tal vez una década, dada la velocidad de nuestras vidas y la prisa por olvidar, nos costará recordar el nombre de Bush, pero los lienzos de Botero permanecerán. Mil años después, caso de que no reventemos antes el planeta, el guía de cualquier museo se verá obligado a recordar la infamia de esas torturas ante los incrédulos visitantes.

¿Ya van viendo las razones que mueven a los dictadores de hoy, a los monarcas del pasado, al poder en fin, para condenar a los titiriteros mordaces? Por la misma razón que siempre intentaron comprar, como bufones o como privilegiados vasallos, a poetas que cantaran sus mentiras, pintores que mejoraran sus belfos, escribanos que falsearan sus batallas. Lo malo para ellos, y bueno para la verdad, es que los mejores se les escabullían siempre por entre las redes de oro y encontraban el modo de no vender su alma, en su caso, su genio. También el azar colaboró, ese azar con cierto sentido lírico de la justicia capaz de permitir que las mejores sátiras de Quevedo se saltaran la censura real, que una mano piadosa evitara la quema de los versos de San Juan de la Cruz, que los monarcas no supieran entender la burla de Velázquez en sus retratos; que Botero pueda plasmar su ira en lienzos como bofetadas porque los mercaderes de arte conocen su valor económico.

Del mismo modo que los artistas bien pagados y vendidos sin remedio ni genio al poder se evaporan de la memoria con la misma rapidez de quienes los compraron.

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