Está claro que, al igual que en las películas de testigos, el 'catálogo de protegidos' no siempre protege. El catálogo ni fue ni será patente de corso contra la piqueta o la alteración sustancial de un edificio singular. Por eso, el problema de fondo no es si en este nuevo catálogo sobran o faltan algunos edificios. La cuestión está en definir las obligaciones y restricciones que conllevan los edificios catalogados y vigilar para que aquéllas se cumplan.
En Gijón se cometieron y se siguen cometiendo verdaderas tropelías contra su patrimonio arquitectónico. Y no sólo en los años negros de la ominosa, sino en fechas mucho más cercanas. Unos por derribo, que se cebó fundamentalmente en edificios de estilo racionalista, y otros por remodelaciones y alteraciones demenciales. ¿Quieren ejemplos concretos? El primero fue la remodelación del Náutico perpetrada a principios de los noventa y que se llevó por delante el bar Náutico, torreón y edificio acristalado proyectado por Pedro Cabello, que tenía, dentro de su aire 'kish', más encanto y gracia que el edificio trapezoidal actual. A pocos metros del Náutico tenemos un recrecido realizado hace unos cuatro años en la remodelación de una de las casas del 'martillo' de Capua. Estos edificios de Capua, que en cierta manera estrangulan el paseo del Muro, se conservaron por su singularidad arquitectónica, singularidad que se cercena con estas remodelaciones.
A veces, parece que algunos arquitectos, que tan bien ven la paja en el ojo ajeno, tienen en su propio ojo no una viga, sino un tablón descomunal. La atrocidad cometida en la sede del Colegio de Arquitectos de Asturias de la calle de Recoletos, en la que a un palacio barroco se adosó un mamotreto recubierto de placas de madera, es todo un manifiesto del desafuero arquitectónico.
Para nosotros constituye el tercer ejemplo de edificios protegidos adulterados en su remodelación. El último ejemplo, al que me he referido en otro artículo, es la remodelación de algunas partes de la Laboral. La trastera del teatro, el tristemente cubo, visto desde Cabueñes, provocan a quien la contempla primero el pasmo, después la ira y, finalmente, la risa. No deja de tener su guasa.
Bienvenidos sean los amplios catálogos de inmuebles protegidos, pero mejor sería que no fuesen tan efímeros y que sirviesen para proteger y conservar. En ello radica no sólo la credibilidad protectora del Ayuntamiento, sino también la sensibilidad de una ciudad.





