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La guerra no toma vacaciones
11.11.07 -

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LA amenaza de guerra, que es la amenaza que más asusta a la sociedad, no se toma vacaciones ni años sabáticos. Por mucho que se invoca la paz, la guerra siempre está presente en algún lugar llevándose vidas por delante, causando dolor y odio, y propiciando la miseria. Nunca falta una guerra en el horizonte de nuestras vidas, a menudo en el recuerdo, a diario en los noticiarios de la televisión y con frecuencia en los temores que pueda depararnos el futuro. Ahora vivimos bajo el síndrome de lo que está ocurriendo en Irak o Afganistán, dos conflictos para los que no se ve solución, pero entre tanto, ya tenemos tensiones preocupantes para el después.

Incluso alertas de una nueva conflagración mundial, la tercera en menos de un siglo. ¿Será posible que el hombre vuelva a las andadas aún con el recuerdo en carne viva de lo ocurrido en Europa en los primeros años cuarenta? Pues si hacemos caso a algunos de los responsables de la política internacional, sí, es posible. Nunca hay que olvidar que el hombre es el único animal sobre la tierra capaz de tropezar infinitas veces en la misma piedra. El primer aviso lo lanzó un par de meses atrás el ministro de Asuntos Exteriores de Francia. Si Irán, que se ha convertido en el centro de las preocupaciones, no desiste de su carrera nuclear, puede estallar una Tercera Guerra Mundial, vino a decir.

Parecía un exceso verbal, un calentón poco diplomático del nuevo canciller galo, pero no, había algo más. Estos últimos días sus palabras las ha repetido con bastante precisión el presidente Bush. A Bush hablar de guerra se ve que le gusta; lo hace con una frivolidad pasmosa. Se nota que él no ha sufrido ninguna en el terreno de batalla. Aunque presume de haber estado en Vietnam no parece que haya contemplado el drama que dejaban detrás los enfrentamientos y los simples patrullajes de su ejército. Tampoco debe de estar muy puesto del sufrimiento de los iraquíes, llorando su orfandad unos, curando sus heridas otros, asustados todos.

Es sorprendente, triste y paradójico que las alarmas con tinte de amenaza procedan de países con asiento permanente en el Consejo de Seguridad cuya misión primordial y casi única es evitar la guerra. Pero tampoco hay que dejarse llevar por la inercia de la opinión generalizada y culpar del peligro de guerra al Occidente rico y con vocación de imponer su Ley. En esta ocasión, las tensiones tienen su epicentro en Irán donde el régimen teocrático sigue buscando su consolidación en el poder militar que le permiten desarrollar los ingresos crecientes del petróleo. Irán quiere convertirse en la gran potencia del Oriente Medio y para eso quiere hacerse con armas nucleares.

Pero las armas nucleares son inquietantes siempre y en manos de fanáticos, como el presidente Almadineyad, mucho más. Aparte de un peligro constante para sus vecinos, para la estabilidad general y para los mercados del crudo, en cuanto Irán disponga de la bomba atómica comenzaría una escalada dramática de otros países por adquirirla, como Egipto, y alguno tan próximo a España, como Libia. Ya no hablamos de enfrentamiento entre civilizaciones, que también, hablamos de conflictos abiertos entre musulmanes donde los intereses estimulan continuamente las diferencias de carácter religioso.

La tensión que está llevando a alertas de tanto calado como para invocar una nueva guerra mundial refleja hasta qué punto la alta política internacional se está quedando sin rumbo. El debilitamiento del liderazgo norteamericano, consecuencia de errores como la invasión de Irak y la falta de confianza en Bush, está llevando a una desorientación general efectivamente, muy peligrosa como lo refleja la actitud belicista también de Turquía. La ONU no ha conseguido afianzar su papel; Europa naufraga en sus contradicciones internas, y las potencias emergentes, como China, India y Rusia tratan de sacar partido de la confusión dificultando cada vez más el entendimiento.

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