Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, aseguró (y ya van dos veces que lo hace, por tanto queda descartada la posibilidad de error o mala interpretación) que no debe prestarse esa ayuda a los niños concebidos en pecado por madres solteras. De manera que a la hora de solicitar esa ayuda habrá que aportar un certificado, que supongo expedirá el propio portavoz episcopal, que garantice que la criatura fue concebida en un lecho santificado por el sacramento matrimonial y no en una pradera llena de flores pecadoras que incitaron a la pareja a una relación que es una aberración porque así lo dictaminan los obispos y cardenales, que saben mucho de leyes canónicas y de dinero, pero bastante poco de aquello que San Pablo puso como raíz única del cristianismo: el amor.
Martínez Camino parece un ser clónico de Torquemada. Como Cañizares, como Rouco y como tantos obispos y cardenales que hacen de su ministerio un catastrofismo continuo, como quien se alegra de que todo vaya mal en este país. La Iglesia Católica vive en una perpetua rebelión contra el amor. De tanto refugiarse en lo canónico, han terminado por despreciar lo humano, ignorando que el cristianismo es enormemente antropocéntrico, porque hasta el Dios bíblico se hizo hombre para convivir con la pena y la alegría de serlo. Dios aprendió a ser hombre a lo largo de la historia hasta que consiguió su plenitud humana. Pero Martínez Camino no sabe lo que es el amor. Y no acepta a ese niño engendrado en una pradera de flores pecadoras, con rosas laicas, con claveles ateos. Que alguien le lleve al portavoz de los obispos un ramo de paz y amor, para que entienda que toda madre es un universo de gloria, y para que recuerde que las madres pecadoras ya fueron redimidas por Jesús de Nazareth. En pleno siglo XXI, las Marías Magdalena de hoy (como aquella María Magdalena, amiga íntima del hijo de Dios hecho hombre) no están bajo la jurisdicción de ningún alzacuellos blanco. Porque mucho más allá de cualquier pensamiento episcopal o cardenalicio, está el amor, como realidad otorgada a la pobreza ontológica de lo humano.





