-Desde su experiencia, ¿cómo se puede gobernar con prórroga presupuestaria?
-Es muy complicado porque desgasta mucho. Desgasta al Gobierno y, sobre todo, al consejero de Hacienda. En el primer año la prórroga es mala, pero el segundo es infinitamente peor. Cuando me dieron el primer revolcón en el Parlamento intervine y dije que, como mi interés era tener unos presupuestos, aceptaba todas las enmiendas que se habían presentado. Fui tachado de muchas cosas por el PSOE, entre otras de antidemócrata y, por supuesto, no conseguí sacar los presupuestos adelante.
-Una prórroga es mala para el Gobierno pero, sobre todo ¿lo va a ser para la región?
-Evidentemente. Será muy malo para la región y Asturias, en este momento, no se lo merece. Yo reparto culpabilidades y los responsables deberán explicar por qué no han podido llegar a un acuerdo. Cuando mi Gobierno entró en una situación de prórroga no teníamos a nuestro alcance la posibilidad de acuerdo alguno, como ocurre ahora. En realidad no se prorroga al partido tal o cual, sino a Asturias y ahora, en los momentos que se avecinan, una prórroga es muy grave. En los dos próximos años desaparecerán los fondos europeos, y si desaparecen y no hay presupuestos, apaga y vámonos.
-Pocas salidas ve usted
-Pocas alternativas hay. La idea creo que será la de esperar a ver lo que sucede con las elecciones generales y, a la vista de ello, intentar una disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones anticipadas, lo que yo preveo que podrá ocurrir en mayo de 2008. Una vez celebradas las generales habrá ya una encuesta y creo que, a partir de ahí, según lo que suceda, o se convocan elecciones adelantadas si gana con claridad el PSOE en Asturias o se sigue tirando así sin presupuesto y se busca, de alguna forma, el acuerdo con IU. La primera opción es la probable.
-¿Qué recuerdos guarda de su experiencia como presidente del Principado?
-Fue una experiencia absolutamente enriquecedora y a la que no renuncio a nada desde el principio hasta el final. Empezar con un Gobierno en minoría, ser capaces de ir conjugando voluntades hasta sacar adelante la legislatura y que fueran tus propios compañeros los que decidieran echar abajo todo el esfuerzo, también fue una enseñanza importante.
-¿Cuál cree ahora que fue la clave de aquella etapa tan complicada de de su Gobierno?
-Quizás fue ésta que ahora voy a contar. Al inicio del Gobierno planteé que no se podía ser al mismo tiempo miembro destacado del partido y del Gobierno. De hecho, yo entonces era vicepresidente del PP y presenté mi renuncia. Cuando, posteriormente, se abordó el nombramiento del delegado del Gobierno en Asturias me enteré de que Isidro Fernández Rozada quería ocupar ese puesto y, a la vez, aspiraba a seguir siendo presidente del PP. Me negué y le dije que sí al cargo de delegado del Gobierno, pero siempre que renunciara al partido. Mi posición era muy clara porque opino que, si estoy representando a todos los asturianos no puedo, a la vez, representar al partido. Es incompatible. Soy el Gobierno de todos, no de unos pocos, por más que éstos sean muchos. Y esa fue una de las primeras cosas que no se quiso entender. Ahí empezaron a aparecer los problemas. El gobierno tenía que ser del partido y yo jamás lo pude aceptar así. Los gobernantes son del partido que sea, pero el Gobierno nunca puede ser de un partido.
-¿Cuál fue el mejor y el peor momento de su Gobierno?
-El mejor fue la toma de posesión. El peor, cuando tuve que afrontar una moción de censura planteada por mis propios compañeros de partido. No porque yo tuviese miedo, sino por la posición en que quedaron algunas personas.
-¿Hubo un punto de no retorno en la crisis?
-No hubo ninguno en concreto. Se empezaron a buscar excusas para justificar lo que querían hacer y así se fue desarrollando todo. Alguien dijo que fue el verso de Quevedo al que aludió Tielve en Langreo en el que criticaba que le habían impedido hablar, pero no es cierto. El acoso y derribo ya estaba en marcha desde hacía mucho tiempo. El punto de no retorno quizás se produce a partir del mes de marzo de aquel año, donde cualquier cosa, por mínima que fuera, servía como excusa.
-¿Por qué no se pone en marcha la denominada segunda descentralización del Principado a los ayuntamientos?
-Yo era totalmente partidario de hacerla y, finalmente, quedó en nada. Creo que es un problema de miedo a que se genere un poder paralelo al de la autonomía. Es decir, se piensa que los ayuntamientos pueden acabar teniendo una especie de poder paralelo a las autonomías y se tiene miedo a eso.
-¿Se hicieron bien las transferencias de competencias?
-El problema fundamental fue el valor económico con que se realizaron. La primera que firma el Gobierno de Areces, la de Educación, se hizo sin quitar una coma a lo que habíamos rechazado nosotros fundamentalmente por el coste de la Universidad Laboral. El problema de las transferencias no es ideológico, sino económico. En Sanidad se hizo una patata y ya veremos lo que todavía queda por llegar. Aquí sí que hace falta una revisión constitucional para ver hasta dónde queremos llegar.
-¿Qué opina del clima de crispación política que vive el país?
-Que es una barbaridad y un hecho muy grave. No es comprensible porque en situaciones como ésta el diálogo se convierte en algo muy difícil y, por tanto, también es difícil sacar adelante una acción política necesaria. La crispación impide, por ejemplo, que se puedan hacer políticas a largo plazo. Quien pone en marcha la crispación comete un error tremendo, y ahí los grandes partidos políticos son los primeros que deberían tratar de evitarlo.





