La vocalista estadounidense llegó a Gijón para presentar el disco 'Red Earth, A Malian Journey'; una vuelta a sus raíces africanas en la que fusiona talento jazzístico y ritmos tradicionales de Mali.
Dee Dee Bridgewater abandonó su proverbial austeridad escénica para presentar en el Jovellanos un proyecto étnico arrollador y vitalista. Ataviada con vestiduras típicas de Mali, descalza, y recurriendo al lenguaje silencioso de un abanico, bailó y se contorsionó sin descanso. Apenas se sentó unos minutos aprovechando los temas más íntimos y jazzísticos. Junto a sus músicos, también vestidos a la manera representativa de Mali, inundó el teatro de colores optimistas y ritmos estimulantes emitidos por la kora, el djembé, el tamani y el balafón. El jazz instrumental corrió a cargo de un trío de piano, batería y contrabajo al que se sumaría en dos canciones, como ocasional guitarrista, el hijo de Dee Dee.
El primer número de la noche fue una soberbia versión del 'Afro Blue' de Mongo Santamaría. Sólo en este tema y en 'Footprints', de Wayne Shorter, Bridgewater actuó como solista. El resto del repertorio vocal lo interpretó a dúo con los cantantes Kabiné Kouyaté y Mamani Keita con los que envolvió de misticismo y trascendencia letras de reivindicación y compromiso. Interesante el arreglo de la balada 'Oh, My Love' y excelentes los juegos rítmicos de 'Bad Spirits', 'Children Go'Round', 'Mama Don't Ever Go Away' y 'Red Earth'.
A pesar de que los aplausos de los asistentes se prolongaron durante varios minutos, los artistas no dieron propina.
El Festival de Jazz de Gijón dejó tras de sí, como en ediciones anteriores, una programación heterogénea y aperturista. Un privilegio.





