Nuestro erudito Ortega y Gasset aseguró en múltiples ocasiones que un conservador es el que sitúa el pasado en su marco temporal exacto. Pero aparte de la necesaria y poco frecuente distinción entre pasado e historia, quien no hace de su vida un proyecto de futuro permanece embrionado en un complejo de Edipo o de Electra.
Aznar hace tiempo que anda por montañas lejanas (me temo que nevadas) y desiertos remotos. Perdido está Aznar insultando la inocencia de la arena, blasfemando contra la elegancia de las palmeras y enfrentándose a los músculos del monte. Perdido y en la soledad más absoluta, sin un etarra que llevarse a la boca, sin ni siquiera tener la fuerza para hacer del terrorismo el terrorismo que él desea. Hasta ETA, que atentó contra él, ha abandonado su prepotencia napoleónica. La ETA asesina, mata, pero no donde Aznar quiere y exige. El Aznar de hoy no llega siquiera a la esférica categoría de la naftalina. Porque ni es tradicionalista, ni conservador, ni distingue entre pasado e historia. Es sencillamente un destructor. Allí donde pisan su pluma o su palabra no vuelve a pasar ni el viento. Nada ha quedado a su alrededor. Ni siquiera el oasis compasivo e ilusorio de un mañana. Sólo le acompaña la sangre iraquí, sangre fechada un 11-M, y también la sangre políticamente coagulada, sólo políticamente, de sus Rajoy, Acebes, Zaplana, Aguirre, Pujalte, Arístegui, Astarloa, del Burgo... y demás edecanes del PP.
Aznar, sin siquiera la dignidad de Quijote, enloquece contra los poderes del Estado de derecho y, en su locura, ataca e insulta a la Justicia, convoca al pleno de las Cortes para seguir repartiendo fotos de las Azores y pretende lancear a un Gobierno legal surgido de las urnas, porque Aznar ya está convencido de que las urnas sólo pueden proporcionarle ataúdes elegantes para él y los suyos. Lo dicho: un destructor.





