Los condicionantes para lograr esta gran empresa han sido quizá las casusas de los reiterados fracasos: destilar una obra que cumpla tanto con las reglas de la ficción novelesca -en principio, sin reglas establecidas- como con la fría lógica pseudocientífica de disciplinas tan tediosas como la sociología y la psicología social. El fracaso, sin embargo, admite grados, y, sobre todo y tal vez lo más importante, el camino que uno escoge para alcanzar un objetivo imposible puede hacer que el viaje haya merecido la pena con independencia del fracaso final.
Favorecido por una fama temprana gracias a su novela 'Los desnudos y los muertos', Mailer se convirtió en un escritor estrella que acudía casi cada noche a una fiesta en aquel Nueva York de finales de los cuarenta. Aquellos días eran una mezcla de celebración de fin de época y de comienzo de una nueva era. Los intelectuales de la nueva capital del mundo, apenas sin tiempo para digerir la victoria en la II Guerra Mundial, ya se veían enfrentados con los primeros síntomas de esa opresión silenciosa en forma de amenaza nuclear y partida de ajedrez geoestratégica que se extendería durante décadas y que se conocería como Guerra Fría.
Tras la publicación de dos novelas que resultaron un fracaso, el inteligente Mailer optó por centrarse en el periodismo como su principal campo de batalla creativo. Se llevó consigo su gran ego de precoz novelista mimado y comenzó a escribir en primera persona sobre la poliédrica sociedad estadounidense y sobre todos los grandes cambios que se estaban experimentando en el Imperio: feminismo, segregación racial, la deriva de la política hacia un vulgar espectáculo de masas Mailer hablaba de todo eso sin dejar de hablar de sí mismo. Su exhibicionismo, en ocasiones obsceno, no era gratuito, o no siempre: pocos autores son tan sinceros como aquellos que reconocen que filtran siempre la realidad a través de su ego.
Mailer afirmaba sentirse especialmente orgulloso de su obra 'La canción del verdugo', un largo reportaje sobre un crimen y una ejecución. Heredera de 'A sangre fría', en esta obra comparecen el fanatismo religioso como base social de muchas comunidades norteamericanas -en este caso, la Utah rural de los mormones-, el garantista sistema judicial americano enfrentado a la pena de muerte, los medios de comunicación como devoradores de carroña, etcétera. Una gran obra americana. El fracaso -o el éxito- es que no es una novela, es periodismo, realidad en crudo. Resumiendo: gran literatura.
Resulta incomprensible que los escritores americanos, en sus atentas lecturas de una de las pocas auténticas grandes novelas americanas, 'Moby Dick', no se hayan dado cuenta de su gran enseñanza: nunca se puede cazar una ballena blanca. O no sin morir en el intento; en definitiva, no sin fracasar. Como mucho, y no es poco, se puede aspirar, se debe aspirar, a ser el Ismael que sobreviva al fracaso para contarlo. Mailer sobrevivió para contarlo. Siempre a su modo, por supuesto. Como el propio Mailer declaraba con lucidez en una de sus últimas entrevistas: «Creo que he ejercido cierta influencia en la conciencia de nuestro tiempo, pero no la he cambiado. No, todo ha ido a peor. Todo lo que detesto ha empeorado. La arquitectura de los rascacielos, el plástico, los coches han prosperado. Y la mala escritura. Cuando era joven, los escritores solíamos pensar que las novelas podrían cambiar el mundo, pero no, es la televisión la que lo cambia».





