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GIJÓN
El ojo
14.11.07 -

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UNA comprensible obsesión por la seguridad ha ido fabricando un ojo bulímico hambriento de imágenes. A medida que el ojo del triángulo metafísico, que representaba a la divinidad, se fue cerrando de cansancio, el gran ojo de la administración, del dinero y de los paparazzi fue abriendo puertas y espacios; posesionándose de calles, casas, manzanas enteras; escaneando el mundo de un extremo a otro de la ciudad. Este gran ojo polifémico se ha ido bipartiendo (como la vorticela) en miles de ojos: cámaras en los bancos, en los aeropuertos y estaciones, cámaras en los supermercados y urbanizaciones. Cámaras en los edificios conectadas a las televisiones de los vecinos que matan su aburrimiento viendo quién sube y quién entra en el inmueble. Hay papás y mamás que piden cámaras en las guarderías de sus hijos para asegurarse de que comen todo el asqueroso potito. Y de que duermen bien la siesta. Y que les quitan las meadas con toda ternura. Cámaras bajo el filo de los tejados, al otro lado de las puertas. Objetivos en vestíbulos y salones. Sondas, seguramente pronto, en las toilettes para captar la ensoñación de nuestras caras tras el desfonde brusco de una deyección retumbadora. Ojos invisibles situados en múltiples escondites: árboles, postes que han perdido el respeto a la privacidad del ciudadano.

Crees estar solo, llorando, soñando, amando en el silencio de un parque; rezas en la penumbra de una catedral y tienes pendiendo sobre ti ese ojo de brasa mala que graba tus emociones, tus arrebatos, tus debilidades. Ojo inquietante que mira tu ir y venir con enigmática fijeza mientras clava y devora tu vida y se la lleva a su caja negra de pájaro carroñero. Todo puede ser ya visto por millones de ojos; por millones de teléfonos móviles con cámaras. El mundo se fue alejando del ojo providente del Dios Padre y ha caído bajo el ojo impúdico y cotilla del Gran Hermano.

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