Crees estar solo, llorando, soñando, amando en el silencio de un parque; rezas en la penumbra de una catedral y tienes pendiendo sobre ti ese ojo de brasa mala que graba tus emociones, tus arrebatos, tus debilidades. Ojo inquietante que mira tu ir y venir con enigmática fijeza mientras clava y devora tu vida y se la lleva a su caja negra de pájaro carroñero. Todo puede ser ya visto por millones de ojos; por millones de teléfonos móviles con cámaras. El mundo se fue alejando del ojo providente del Dios Padre y ha caído bajo el ojo impúdico y cotilla del Gran Hermano.





