
Cuando ellos salieron de allí, las cosas no eran tan complejas. «Se han ido complicando con el tiempo», comentan. Creen que porque en su día fueron muchos los que decidieron salir de allí hacia España y ahora está más controlado.
En su caso, decidieron emigrar hacia Asturias, donde ya tenían un amigo. Tomaron un vuelo hasta Madrid, que les llevó 10 horas, y desde allí salieron rumbo al que se convertiría su nuevo hogar: Gijón. «Vienes a la aventura, sin saber lo que va a pasar», recuerda Marta. «Fue muy duro, salimos de Ecuador sin papeles y con miedo», explica. Y es que, en su país corrían rumores de «que al llegar a España te deportan». Sin embargo, llegaron a Asturias y «respiramos tranquilos». Las cosas eran muy distintas de lo que creían y los miedos de viajar a un lugar tan lejano, donde sólo conocían a una persona, se fueron disipando.
Cuando llegaron, trabajaron durante casi un año como internos en un chalé. Después, alquilaron una habitación en un piso de unos compatriotas, hasta que han podido trasladarse a un piso en el barrio de La Arena. Desde hace casi seis años, trabajan en la sidrería El Globo, ella en la cocina y él es camarero. Eso sí, cuando tienen unas vacaciones aprovechan para visitar a su niño.
Se muestran contentos y aseguran que nunca tuvieron problemas de integración, aunque sí confiesan algunas dificultades iniciales a la hora de acostumbrarse a la comida y el clima. En Gijón nació su segundo hijo, Manuel Alejandro, que ya tiene tres años.





