Aquí intervienen otros criterios que son de tipo ético y estético. Y precisamente 'El internado', que no es un producto abominable, sin embargo es un buen ejemplo de cómo la valoración en términos técnicos y económicos no guarda relación con criterios éticos y estéticos. Esas cosas se advierten en rasgos que no siempre se perciben a la primera, pero cuya reiteración despierta la desconfianza del espectador. Por ejemplo, y siempre en 'El internado', los reclamos sexuales 'soft' son tan elementales que a uno le dan sofocos de pura hilaridad. ¿Es preciso que la heroína adolescente ande siempre en un escueto camisón rosa bajo cuya seda se trasluce el botón de la llantana, que es como decir los pezones? ¿Es igualmente necesario que el héroe adolescente pasee por la casa con el torso desnudo e, inopinadamente, rompa a ejecutar dominadas sobre una barra misteriosamente dispuesta al efecto, para marcar dorsales y jóvenes bíceps?
Estas cosas, hace quince años, podrían haber suscitado escándalo; ahora, cuando estamos ya tan de vuelta de tanto exceso, sólo dan una risa que te partes el esternón, por la simpleza del cebo. Uno se queda pasmado cuando trata de penetrar en el alma de los personajes: es como verse aspirado por el vacío. ¿Tan difícil era dotar a la historia de unos personajes con algo dentro? Sí, es difícil, pero, en cualquier caso, es obvio que no era ese el propósito de los guionistas, que han ido a lo fácil, o sea, a lo rentable. Y eso es lo que resta calidad a 'El internado'.





