Banquillo: en uno de sus días optimistas, el existencialista Fredo Kierkagar manifestó que nos pasamos la vida sentados en el banquillo de los acusados a la espera de que se cumpla la sentencia de muerte.
Eterodoso: lo soy...al menos gramaticalmente hablando.
Excedencia: aplícase a la situación del funcionario público que trabaja menos de lo habitual, o sea, nada de nada. Cuando se le concede la excedencia a uno, es costumbre que invite a los compañeros de negociado a una fiesta durante la cual le cantan una conocida canción:
«Es un muchacho excedente, es un muchacho excedente...y siempre lo será...».
Claro que lo de siempre es una exageración, pero sí es cierto que algunos pueden optar hasta a un año de excedencia, y si tal periodo lo disfrutan en un terreno extenso, inculto y muy poblado de árboles, se denomina año selvático.
Insolvente: dícese del que no tiene con qué pagar. Algo que le puede pasar a cualquiera que sobreviva de un trabajo normal, especialmente si se halla sujeto a esa servidumbre de la gleba actual denominada hipoteca. Lo que no es de recibo es que a algún insolvente se le caiga la 'V', pierda la vergüenza y se transforme en un insolente, como esos capaces de reírse en la cara del reclamante de una deuda al tiempo que le espetan:
«¿Que Dios se la pague!».
Un caso todavía más extremo es el del caradura conocido como Miro'l Manirrotu, quien solía decirles a los que le reclamaban un pago con insistencia:
«Amiguín, ya me fiedes con tanta pesadez, y más que un acreedor yes un acrehedor».
Maternidad: en ocasión de visitar a una amiga en la sala de maternidad de Cabueñes, me acerqué a la cuna donde se hallaba el recién nacido y solté el tópico de que se parecía a su padre, ante el que la recién parida reaccionó tal que así:
«¿Chisst!...Habla bajo, que lo puede oír mi marido...».





