
VIDA CENTENARIA
Blasco nació el 7 de mayo de 1907 y dedicó su centenaria vida a su pasión, la enseñanza. Llegó a Poago en 1958 procedente de Cangas del Narcea, su primer destino, y permaneció en la parroquia gijonesa 17 años. Tras su época como maestro de escuela rural, en 1975 se traslada al colegio Rey Pelayo, en Gijón, donde se jubila. Pero el maestro deja una gran huella entre sus discípulos. Fue tal el cariño, que durante 16 años, desde 1990 hasta 2007, los antiguos alumnos y su querido profesor se han reunido el cada último domingo de marzo para celebrar una comida de hermandad.
Los que en Poago un día aprendieron de su sabiduría y hoy se sienten en parte huérfanos. Según dicen, «era como nuestro segundo padre». «Siembre estaba cuando lo necesitábamos, incluso una vez acabada a escuela. Cuando algún vecino tenía que preparar un examen para ascender en su trabajo, él los ayudaba sin reparo», comenta José Ángel Álvarez, presidente de la asociación Vegas Bravas, de Poago, y uno de sus antiguos alumnos.
Cumpleaños sonado
Los que fueron niños cuando Blasco estaba en Poago aún recuerdan cómo el maestro celebraba su cumpleaños. «Aquel día era fiesta en el colegio. Las clases se suspendían, nos pasábamos la mañana jugando y por la tarde nos invitaba a una merendola», comenta Álvarez.
Sus alumnos lo definían como «recto pero a la vez alegre», un consejero adelantado a su tiempo. Además, Blasco fue uno de los primeros profesores, que impartió Bachillerato elemental en la zona rural, para que posteriormente sus alumnos se pudieran presentar por libre a los exámenes en elJovellanos.
Fue una persona que caló muy hondo en la parroquia. Sus vecinos aseguran que van a ser unas navidades tristes por la pérdida, porque «nos hizo hombres», asegura Álvarez.
Un hombre polifacético
Augusto Blasco era muy polifacético y un gran artista. Tocaba la guitarra y la bandurria y llegó a formar un coro con los niños de la parroquia y cantaban villancicos en navidad. Era un hombre culto con muchos conocimientos, pero sobre todo era un hombre de letras. A sus alumnos les quedó grabado en la memoria su caligrafía gótica y redondilla.
También recuerdan sus dotes para el dibujo, pero dicen que su verdadera pasión era la poesía. Siempre que tenía oportunidad daba rienda suelta a su inspiración. En Poago no olvidan los poemas que escribía a los niños de la parroquia para que ellos los recitaran en plena iglesia el día de su comunión.
Por todos estos motivos la asociación vecinal está pensando en organizar un certamen de poesía con su nombre, aunque según dicen, «la pena es que tenga que ser a título póstumo».





