Siempre que pienso en estas fiestas, empiezo con mis elucubraciones sobre qué deberíamos hacer todos para llenarnos de espíritu navideño. No me refiero al sentido religioso, que prefiero no tocar para no herir susceptibilidades, sino al lado humano solamente.
Me gustaría que abriéramos los brazos inmensamente para cobijar a todos los necesitados: a las víctimas de los genocidios, a los pobres emigrantes de las pateras que prefieren un viaje en cayuco -en el cual a la mayor parte espera la muerte antes que vivir una muerte en vida en sus países-, a todas las personas maltratadas por sus semejantes -mujeres, niños, hombres-, a los enfermos, a los emigrantes que están lejos de sus familias y de sus países Intentemos hacer algo. Por ejemplo, visitar a algún enfermo que esté solo, intentar que los emigrantes que conocemos se sientan bienvenidos, no mirar para otro lado cuando nos parece que un vecino o un conocido maltrata a alguien, mandar algún dinero a alguna ONG que nos parezca de fiar, etcétera.
Llegado a este punto, mi espíritu navideño se evapora, porque pienso en todos esos malvados que se apoderan de la ayuda que llega a sus países y no permiten que llegue a su destino y me encuentro deseándoles un cólico miserere fulminante. Me acuerdo de los violadores y de los maltratadores e irracionalmente les deseo lo peor: que los violen y maltraten a ellos. Y también de los emigrantes que están aquí porque las oligarquías y los gobernantes de sus respectivos países son seres corruptos y dictadores. A éstos les deseo que les echen de sus países a patadas.
Bueno, procuraré abrir mis brazos y cobijar a los necesitados e intentaré olvidar a los malvados, ¿Lo conseguiré?





