La derrota del referéndum debería obligar a rectificar a todos aquellos que sistemáticamente acusan a Chávez y a la revolución bolivariana de antidemocrática. Frente a una oposición venezolana y poderes mediáticos que sistemáticamente se han negado a asumir o respetar las victorias electorales de Chávez, elección tras elección, ahora asumen por bueno el sistema electoral y el mantenimiento de la Constitución de la república bolivariana de Venezuela, cuestiones que hasta ahora rechazaban por ser resultado de las políticas de Hugo Chávez.
Mientras que Chávez siempre acata el resultado, cuando éste se produce en un sistema democrático participativo y libre de ataduras imperialistas, políticas y empresariales, los opositores, en una demostración más de su despotismo, sólo la acatan cuando les es favorable. Esa es la diferencia, la democracia frente la oligarquía. Sirva de ejemplo una España donde el jefe del Estado no se elige en las urnas y es hereditario, frente una Venezuela donde todos y todas eligen en igualdad de condiciones a su jefe de Estado.
La derrota electoral encumbra a Chávez como lo que es, un defensor de las libertades, que entiende que el progreso y el futuro del pueblo venezolano pasa por la libertad de Latinoamérica y el mundo frente a imperios y un sistema capitalista que nos arrastra al abismo de la autodestrucción. Perdió Venezuela, por tanto, en este referéndum, poder profundizar el desarrollo de una alternativa al sistema imperante. De reducir la jornada laboral a seis horas, el control de las horas extraordinarias, de permitir el voto a partir de los 16 años (si se tiene edad para trabajar, también se debe tener para decidir), el fin del latifundismo, el fomento del cooperativismo, el desarrollo de la democracia participativa..., cuestiones que en nuestra 'democrática' Unión Europea ni se plantean en nuestra pseudo-Constitución, la cual, por cierto, ni siquiera va ser aprobada en referéndum.





