Este último dato, aterrador a mi modo ver, debería hacernos reflexionar sobre si nuestra capacidad para generar riqueza no está seriamente mermada. Lejos de ello, desde ciertos sectores, se toman esto, no voy a decir que con júbilo, pero, la verdad, casi. Hacen mención, para justificarlo, al sobado tema de la solidaridad entre regiones como principio que debe regir las relaciones entre las mismas, pero, en cambio, ni mientan nuestra débil capacidad como ente económico para sostenerse por sí mismo. Es más, el discurso imperante nos trata como una región pobre, a la cual, lógicamente, hay que proteger y mantener alejada de las leyes del mercado porque no las podría soportar. Bien, cuando hablamos de nosotros como una región pobre, pregunto: ¿es la misma que tiene las segundas prestaciones por jubilación más altas de España? ¿Es la que tiene un consumo capaz de sostener a una tasa de hipermercados por habitante sólo superada por Madrid? ¿No es acaso la décima comunidad en renta per capita?
No sé, pero quizá para algunos sectores sea balsámico decir que recibimos más porque somos más pobres que el resto, pero no es así. Y, sobre todo, no es en absoluto motivo de orgullo que la dependencia de los demás sea tan alta, sino más bien todo lo contrario. En una España que está cambiado profundamente por mor de las reformas de los estatutos de autonomía, ¿es bueno depender de fondos ajenos sean estos interterritoriales o europeos? ¿No es razonable pensar que en algún momento éstos se verán mermados o, sencillamente, se acabarán? ¿Lo bueno, quizá, no sería que cada vez seamos más autosuficientes para pagar nuestros propios gastos?
Sin embargo, no les extrañe en absoluto que el debate se centre en estos términos (somos pobres, luego necesitamos ayuda). Fueron tantos años de centralismo, de mirar para Madrid que, lógicamente, no nos hemos acostumbrados a vivir por nosotros mismos. El discurso que ha adoptado nuestra clase política en este asunto es tan acusado que impide que nazca cualquier otro. A ellos, lógicamente, les resulta más fácil gobernar con dinero ajeno que teniendo que arrancárselo al sistema económico propio. Por otra parte, la escasa cancha que se le da al sector privado, en cuanto a generador de riqueza, tampoco da lugar al optimismo. Siempre lo público, de una manera o de otra, está ocupándolo todo. Tenemos, pues, un debate interesante ante nosotros: o seguir viviendo de los demás, o reactivar nuestra economía hasta hacerla lo suficientemente productiva como para mantener nuestro sistema (y no al revés, como sucede ahora).





