QUIZÁ sea el sol del otoño, que anda en busca de sentimientos escondidos, pero a uno le ha dado por subir una de estas tardes hasta una de las colinas que rodean a Gijón y sentarse por allí con la mente vagabunda. Sabe que ser gijonés apenas significa otra cosa que ser gijonés, es decir, nada en sí mismo. Pero ser gijonés supone que lo primero que hacemos cada mañana es ver esta ciudad; verla, vivirla, gozarla y sufrirla. Y por tanto, amarla. Así que trata de mirarla con la forzada indiferencia de quien es consciente de que nunca lo logrará. Está ahí, a sus pies. El sol la dora por la amanecida desde tierra y la enrojece por la tarde también desde tierra; nunca desde el mar, que por algo es ciudad de querencia norteña y tiene los ojos puestos en la Polar. De la campiña que la envuelve por la espalda llega una neblina tímida y frágil, aunque es posible que a la noche se crezca e impregne de humedad todo el ambiente. Pero ahora la ciudad aparece nítida, mansamente extendida entre el verde de la pradería y los dos bocados que el mar le da y que le proporcionan el contorno inconfundible de su mapa. Un gran barco, anclado a lo lejos, espera con paciencia alguna orden de atraque; una columna de humo gris se escapa de una chimenea lejana; por aquí cerca cruzan unas cuantas vacas. Y al espectador le parece un buen momento para pensar en todo lo que ella y nosotros nos hemos ido dejando en el camino y lo que la hemos obligado a ir dejando a ella sola.
Las ciudades han transitado en la historia los caminos por los que el pensamiento de sus habitantes ha querido llevarlas, y el resultado de Gijón no es más que una suma bien apretada en cuanto al número y larga, muy larga, en cuanto al tiempo. Ahondar en ese pensamiento es tarea de noble utilidad y de muy difícil quehacer, salvo que se haga desde una postura individual y sin más guía que la que nuestro sentimiento quiera dictarnos. Esta ciudad nuestra, brumosa, mestiza, afable, grandona; esta ciudad de nombre fuertemente agudo y con esos dos sonidos fricativos tan escasamente eufónicos, tan personales y tan imposibles de pronunciar de los Pirineos para arriba; esta ciudad que pone su punto en el mapa allá por los confines de Europa, esta ciudad nuestra sabe más de alientos que de avatares y de mansos reposos que de alientos. En su largo itinerario de más de dos mil años, hasta la ciudad que hoy es, ha vivido un continuo despojarse, en función casi siempre de la supervivencia y del mejor acomodo al momento. Analizar el resultado bien merecería otra reflexión.