
Así lo piensa el arqueólogo Rodrigo de Balbín que en su día se encargó de recopilar todos los estudios que había sobre la gruta: «Son muy pocos y es una pena. Sería muy interesante una nueva investigación y, de hecho, lo que nosotros hicimos entonces era como un avance previo a un estudio posterior en profundidad». Sin embargo, el Principado «no parecía muy interesado». En la actualidad, es aún más difícil porque «falta personal para montar un equipo de gente que proponga un estudio» y, por otro lado, De Balbín está dedicado en cuerpo y alma a la cueva con más renombre de Asturias, Tito Bustillo.
Precisamente, por esa falta de trabajos es por lo que, de cuando en cuando, la cueva vuelve a dar alegrías a los vecinos. Así ocurrió hace casi tres años, cuando la guía del enclave, María Pumariaga, descubrió en una de sus paredes la pintura de un bisonte creada con manchas de tonos azufre y negro. El dibujo hallado en aquel momento presentaba, según los expertos en la materia, un gran interés debido a que está realizado, como los bisontes de Altamira, a partir de un relieve natural de la pared que evoca esa forma, algo que no sucede en el resto de los grabados y representaciones animales de este famoso legado de Ribadedeva.
«Desde luego, encontraríamos más representaciones artísticas con los nuevos medios con los que contamos, aunque yo soy de los que piensan que una cueva nunca se agota y siempre te depara sorpresas», asegura el arqueólogo que destaca del enclave su ubicación junto al mar, además de su «excelente conservación, aún a pesar de que por allí se refugiaron personas durante las guerras carlistas». En este sentido, el experto aboga «por buscar la entrada original de la cueva desde el otro lado», algo que en su opinión «sería muy interesante».
Descripciones
Fue el adinerado Hermilio Alcalde del Río el descubridor de la gruta en 1908 y en el marco de unas actuaciones que un grupo de estudiosos de Santander realizó a principios del XX. Un encuentro que dio lugar, en 1911, a 'Las cavernas de la región cantábrica', un volumen realizado por el mismo investigador junto a Henri Breuil y Lorenzo Sierra. Hay que esperar hasta 1954 para encontrar un nuevo trabajo, firmado por F. Jordá y M. Berenguer, en el que podemos encontrar algunas nuevas figuras.
Fue entonces cuando se realizaron las medidas de las dependencias. La cueva posee un vestíbulo de unos diez metros de ancho al que le sigue una amplia y única galería cuyo suelo desciende de forma gradual hasta una profundidad de quince metros. Representan, en total, unos 360 metros de longitud con paredes a los que la pintura y los grabados se acomodan muy bien aunque, como el propio De Balbín reconoce en el folleto, «el número de representaciones de arte rupestre encontrados no resulta muy importante».
En algunos casos, esas pinturas y grabados llegan a complementar y componer formas que recuerdan a los policromos de Altamira. Según estos primeros estudiosos, la cueva posee cuatro tipos distintos de figuras según su técnica y situación. Destacan sobre todo los caballos, los elefantes, bisontes y renos cuya presencia indica que el clima era especialmente frío.
Técnicas
Entre los colores utilizados para las representaciones, destacan los tonos ocres y negros distribuidos por la piedra con trazos anchos y estrechos que dependen, en gran medida, de la voluntad del artista y, claro está, del estado de conservación. Según el propio Breuil, algunas de las figuras corresponderían al ciclo Auriñaco-Perigordiense, mientras que la mayor parte quedaría adscrita al Solutreo-Magdaleniense.





