
NIÑOS DE LA GUERRA
NIÑOS DE LA GUERRA
-¿Qué significa para ustedes la concesión de esta medalla de plata?
-Nos demuestra que no estamos solos, que se acuerdan de nosotros. Lo vemos como parte de la recuperación de la memoria histórica.
-Una memoria histórica que está siendo polémica. ¿Cree que realmente servirá para curar amnesias?
-Al menos empieza a rehabilitarse el recuerdo. Mientras las víctimas de entonces estemos vivas y conscientes, van a tener que reconocer esa memoria. Además es parte de nuestra historia. Si estamos estudiando el Prerrománico y la invasión francesa, ¿cómo no vamos a recordar una historia que podemos tocar con la mano?
-Hay quien critica que sólo reabrirá heridas...
-Lo que nos gusta es que se sepa la historia, lo que ocurrió de verdad. ¿Cómo no se va a reconocer la barbarie que hubo? A nosotros, que no éramos más que niños, nuestros padres tuvieron que enviarnos fuera para sacarnos de esa tragedia. Nos educamos huérfanos, con los padres vivos. ¿Cómo no se puede reconocer esto?.
-¿Cómo se fraguó aquél viaje al exilio?
-La Unión Soviética se había ofrecido voluntaria para acoger a los niños que estaban pasando calamidades. La Diputación se encargó de hacer unas listas y nos fuimos. Todos creíamos que sería para tres o cuatro meses, o como máximo para un año. Nadie imaginaba que, para muchos, el exilio sería para toda la vida.
-¿Cuál es su recuerdo de la noche que partieron hacia la URSS?
-Atravesamos Gijón en autobús a oscuras. Íbamos sin luces porque entonces la ciudad era bombardeada continuamente por mar y aire. Cuando llegamos al Musel solo había una lamparita encendida. Era una tristeza que como niño olvidas enseguida pero que al fin y al cabo es una tragedia: dejabas atrás tu casa, tus padres... Y te marchabas no sabías a dónde.
-¿Cómo fue la llegada a Leningrado?
-El recibimiento fue apoteósico, toda la ciudad estaba volcada. Los niños pioneros, con el pañuelo rojo, nos saludaban llamándonos 'hijos del heroico pueblo español' y todo se hacía con un cariño muy sincero. Teníamos las casas de niños preparadas para nosotros y ahí fue donde estudiábamos, comíamos, dormíamos... Teníamos intérpretes y educadores que habían viajado con nosotros desde España, porque lógicamente no entendíamos ruso.
-¿Tenían noticias de su familia?
-Tuvimos que esperar muchos años para saber algo de ellos. Cuando terminó la guerra la censura era tremenda y si intentábamos escribir no llegaban las cartas. Tuvimos que comunicarnos a través de nuestros familiares de Argentina, que recibían las cartas y las metían en otro sobre para que no se viera que procedían de la Unión Soviética.
-¿Qué recuerdo le queda del exilio?
-En principio, pese a la nostalgia, fue un exilio gratificante, sobre todo los tres primeros años. Lo peor fue cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, que fue tremendamente feroz. Pasamos mucha hambre y un frío exagerado. Incluso dos casas de niños quedaron encerradas en el cerco de Leningrado durante 900 días. No les llegaba ni comida ni nada. Fue algo espantoso. Ibas por la calle y estaba lleno de muertos por el frío y el hambre. Fue mucho peor que la guerra en España. Es una tragedia que nos duele, pero que fue también parte de nuestra vida. Pero al final creo que no tuvimos del todo mala suerte.
-¿En qué sentido?
-Allí todo el que quiso tuvo oportunidad de formarse, de estudiar gratuitamente una carrera. Aquí, como hijos de obreros, jamás habríamos podido ir a la Universidad.
-¿Cuándo empezaron los retornos?
-En 1956 Franco permitió que vinieran las primeras expediciones, después de una fuerte presión internacional que llegó incluso a la ONU. Pero no todos quisieron venir. Muchos habían formado allí su familia, otros fuimos a Cuba a colaborar como traductores de ruso tras la revolución...
-En su caso, cuándo se produjo este regreso?
-Vine una vez, de vacaciones, en 1967. Pero fue un viaje muy amargo. Al tener pasaporte soviético todo eran interrogatorios e impedimentos. Decidí no volver más, hasta que en 1980 vine para quedarme.
-Al margen de su familia, ¿Qué era lo que más echaba de menos?
-Todo. Ya sabe que los asturianos somos muy pegados a nuestra patria. Cuando vine en el 67 lo primero que hice fue ir al Natahoyo, donde nací, y lo encontré todo muy cambiado. Gijón creció mucho.
-Si usted hubiera sido su madre, ¿habría embarcado a su hija hacia el exilio?
-Sí, si veo que están pasando hambre y en peligro de muerte. Nadie piensa que el viaje será para toda la vida. Mi madre, no obstante, siempre decía 'no me he equivocado', porque veía que sus hijas estaban sanas y salvas, y con carrera.
-¿Cuál fue el objetivo de la constitución de la Asociación de Retornados de Rusia?
-Cuando regresaba la gente se encontraba con muchas dificultades a la hora de gestionar pensiones, vivienda... Llegábamos a un país que, pese a ser nuestra patria, nos era desconocido. La asociación permitía hacer más fuerza frente a las instituciones, que no obstante siempre nos ayudaron mucho.
-Hoy a los que huyen del hambre y la guerra se les detiene en la frontera...
-Muchos jóvenes dicen que nuestra vida está empeorando por la inmigración, pero se olvidan de que España fue un país de emigrantes. No podemos reprocharles que vengan. Nadie se va de su país por gusto, solo por necesidad.





