
Los socialistas creen que la aversión mostrada hacia su política por los arzobispos de Madrid y Valencia no sólo no desgasta al Gobierno, sino que sirve a su principal objetivo en esta campaña: lograr la movilización masiva de un electorado afín con tendencia a la desidia.
Garante de progreso
Zapatero hizo del asunto el principal eje de su discurso y se presentó como el garante del progreso de España. Anunció así que reclamará el voto «para que nadie nos imponga ninguna moral» y «para que nadie pronostique miedos ni catástrofes».
A pesar de que el PP ha hecho lo posible por mantenerse a distancia de la polémica y ha guardado silencio ante las declaraciones de los dos miembros de la jerarquía eclesiástica, el secretario general del PSOE identificó un hipotético Gobierno de Mariano Rajoy con el triunfo de las tesis más conservadoras. Alegó así que, desde que llegó al Gobierno, intentó «ofrecer lo mejor» mientras los populares «mentían» al hablar de la ruptura de España y del fin de la familia. «La familia no se rompe -aseveró-. Diga lo que diga un cardenal, goza de muy buena salud».
Zapatero aclaró que se refería a la familia «libremente entendida» porque «vivimos en un país libre» en el que todo el mundo entiende y respeta a la clase de familia que defienden los cardenales. «Yo exijo desde aquí -añadió- que todos respetemos la familia que quieren los ciudadanos».
En ese mismo ejercicio, acusó a los populares de haberse pasado la legislatura profetizando desastres.





