No como un misterioso logro alcanzado al final de su vida, sino como intuición que desemboca en experiencia y conocimiento, sino como objetivo vital que no ha abandonado jamás.
Le conocí en los años sesenta cuando viajaba a menudo a Barcelona, y aparecía en la editorial Seix Barral, donde recibido y amado por los poetas Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o Gabriel Ferrater, pasaba dos o tres días asistiendo a los eternos debates literarios que surgían a todas horas y en cualquier conversación. Aparecía bien entrada la mañana, sin la más mínima señal de resaca, con los periódicos que había ido a comprar a las Ramblas, una costumbre que él y Juan García Hortelano convirtieron en rito. Escuchaba y sonreía, no sólo con dulzura y cierta benevolencia, sino con una punzante ironía que acababa concretándose en una frase que los demás retomaban para continuar con más pasión aún. En esto consistía entonces el mayor goce de los poetas y de los que los escuchábamos: hablar, debatir, ironizar, recitar, en definitiva, gozar juntos de la literatura y de ese profundo aunque tímido -¿ah los tiempos de la dictadura!- compromiso que todos, aunque tal vez él más que ninguno, convertían en punzante aguijón construido palabra sobre palabra. Y así fue durante todos los años de su vida, y en todas las páginas de su esplendorosa obra.
Ha muerto ahora a los 82 años. Su camino en esta vida ha tocado a su fin. Su obra, su compromiso, su talento y su inconmensurable lealtad con los hombres y las ideas que amaba, nos dejan, junto al dolor de haberlo perdido, la dulce sensación de que su vida ha servido, entre muchas otras cosas, para que progrese, si no el mundo tal como a él le hubiera gustado que fuera, sí al menos la poesía. Un mérito infinito para un hombre solo. Descansa en paz amigo amado.





