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Poeta pegado a la tierra
Ángel González tuvo toda su vida gran interés por lo nuestro, por Juan Ramón Jiménez, por Blas de Otero, por Celaya, y también por sus contemporáneos, sobre todo Brines, Caballero Bonald y Hierro
15.01.08 -

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Poeta pegado a la tierra
GENERACIÓN DEL 50. Ángel González lee en un homenaje a Machado celebrado en la Biblioteca Nacional el pasado junio. Tras él, Caballero Bonald y Francisco Brines. / EFE
Van desapareciendo los patriarcas del mundillo literario con calma de siglos, presente en garra y el recuerdo preciso de toda su obra. Ángel González -como en su poema- fue el poeta en voz baja que siempre quiso ser y el gran vividor en mayúsculas que la vida le toleró. Su pasado fue el frío, e incluso, en sus mayores fiestas o ceremonias de la ginebra, junto a la guitarra de turno, o los palmeros y voceros ya tan conocidos por aquí, cuentan, sí, que en sus ojos seguía el frío; una suerte de frío tornándose en ironía, en tristeza acompasada, sarcasmo e ironía hacia todo aquello, si era o no era pasarlo bien, o tal vez su contrario, el antónimo justo de cuanto se buscaba. Muy docto en miradas -qué duda cabe- y paupérrimo, tal vez, en certidumbres. La seguridad que debía echarse abajo en todo momento. Ir siempre contra uno mismo.

La cursiva de su letra en Páramo del Sil, pueblecito montañés de escasos habitantes, o su exilio a México, o su infancia de Guerra Civil, hizo del frío el mejor compañero; el aliado más fiel y firme para esa voz suya, en voz baja, que supo llegar a los mayores méritos y reconocimientos del idioma castellano, sin quedarse corta en las alturas. Se cuenta que en las tertulias de su generación -Generación del 50 y otra media docena de cubatas-, Ángel González solía escuchar, apuntar sus cosas en una libretita, jamás discutir, enzarzarse en broncas o arrogancias -a lo Juan Benet- y procurando siempre alternar el discurso con la vida; lo que es o podía ser un chiste a punto, una carcajada como luminaria, mundanizar lo que de por sí es pensamiento y mármol, geometría donde debe entrar la vida a raudales, como río desbordado. Sin duda, todo un modelo, el mayor modelo, para estos tiempos en el que todo el mundo sabe de todo, consideramos lo nuestro en tono peyorativo -la tradición de Valle, Baroja, etcétera- y nos impregnamos de un centroeuropeísmo hasta la náusea -ya muy conocido, sobre todo para los hemos leído a Musil en el colegio- y gustamos en decir y en explicar que nadie sabe escribir a nuestro lado.

Ángel González tuvo en toda su vida un gran interés por lo nuestro; que es también lo siempre vivo y aquello que tiene temperatura de silencio: por Juan Ramón, por Blas de Otero, por Celaya o sus contemporáneos, especialmente Brines, Caballero Bonald o Hierro. El personal se reía de Ángel González o Gimferrer o Hierro, por su inestimable aprecio hacia Blas de Otero, y a quienes el resto calificaba de pandereta y rima párvula o facilona. Un poco, sí, la misma lanza con que apuntaría a Lorca durante tanto tiempo.

Ángel González, todo un señor, sabía lo que era el respeto hacia la tierra de uno. No despreciar la casa en la que se nace. No vapulear a quienes han abierto la brecha por delante. Todo un señor, sí. Lo que dijo Picasso o lo que le preguntaron a Picasso en cierta ocasión. «¿Qué es el respeto, Monsieur Picasso?». «Una madre. Eso es el respeto». Una madre, sí. La nuestra, nuestra lengua, nuestra tradición, nuestro país o patria, y nuestras glorias, ya vapuleadas sin tregua para jugar a Kafka sin Praga y con yoyó, o Leibniz de salón afrancesado y atroz matemática.

Tengo la sospecha de que Ángel González jugo cada vez más y en mayor medida, ya muy notable al final de su vida, a esa extraña baza en la que la escritura importa muy poco. Donde la escritura va y viene de la vida; donde la cultura no existe, y se hace y deshace un poco cada día, donde el folio es a veces lo que queda en mitad del silencio, entre la cama y la almohada, un tiempo en el que podemos no ser nosotros del todo. Nunca jugó a la guerra literaria y podría asumir, con las debidas precisiones, aquello que dejó escrito Valle Inclán en su expresión de brazo muerto y barba con la que llegaba a atarse los cordones de los botines de piqué: «Despreciar a los demás, y no amarse a sí mismo».

Por eso, precisamente, tuvo tantos amigos y tan buenos. La fórmula no es mala, propia de un músico, que toca lo suyo en la calle y siempre a su aire. Tampoco sin esperar grandes cosas de la vida: publicar unos libros, unos poemas, tomar una copa, disfrutar de un amor, una comida racheada de risas, no más allá.

Ahora todo son loas -como debe ser-, incluso por parte de aquellos que relataban pormenorizadamente sus lacras; las veces que tuvieron que llevarlo a casa porque tal y cual; heroísmo vil del que se ha quedado en provincias y es o fue muy amigo de todo el mundo, y su plática diaria es a quién ha conocido y a quién no, acompañado con los modismos dialectales de la zona, en ese rictus gracioso que da ganas de cagar. Qué lejos del genio. Qué contrario al inmenso poeta en voz baja que quizás, tal vez, y siguiendo a Gamoneda, «sólo quiso ser el mejor poeta de su barrio». Descanse en paz. Que quede su ejemplo.

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