
Por deferencia a la cónyuge de Goytisolo, las conversaciones de la velada transcurrieron en lengua francesa. Y en el idioma de Robespierre fueron manifestándose los tertulianos, dedicando la mayor parte de la sesión a despotricar contra el régimen franquista.
Ángel nos relataba todavía el año pasado que no intervino en los diálogos porque su conocimiento del francés era muy elemental, el aprendido en el bachillerato. Y ese silencio, en aquel tiempo de clandestinidades y temores, obtuvo el efecto de levantar sospechas en Juan Goytisolo.
Lo dejó escrito así Jaime Gil de Biedma en 'Guía para un encuentro con Ángel González', de la editorial langreana Luna de Abajo, publicada en 1985: «(...) un visitante pálido y moreno, vestido de oscuro y con bigote, que estuvo sentado en un extremo del sofá y que en toda la noche apenas despegó los labios -que no los despegó para hablar; beber, bebió lo suyo- ¿era evidentemente, cielo santo, cómo no supimos verlo, un informador, un policía! Hubo que telefonear a toda prisa a Vicente Aleixandre (por quien decía que iba recomendado) y él deshizo el equívoco, nos tranquilizó; el silencioso y aplicado bebedor de ginebra era en verdad el poeta Ángel González, asturiano y amigo de siempre de Carlos Bousoño». Pocos podrían estar más lejos de tal condición quintacolumnista y traidora.
La guerra civil le repartió las cartas muy prematuramente. Con un hermano «desaparecidamente muerto», como expresó Manolo Lombardero, y otro en el exilio; con su hermana represaliada y destinada a ejercer de maestra en Páramo del Sil, la causa política de Ángel González sólo podía manifestarse en la orilla izquierda de la historia.
Militó durante años en el Partido Comunista, participando en los comités ampliados que se reunían en París. Y en su piso madrileño cobijó a uno de los dirigentes comunistas más buscados de la época, a quien conocía bajo el alias de Federico Sánchez, siendo en realidad Jorge Semprún, novelista y posterior ministro de Cultura en el Gobierno de Felipe González.
Entre las categorías, caben los episodios menores, tal el de una noche de principios de los 70. La narración es de Daniel Sueiro: «(...) después de cenar y en compañía de una amiga común muy simpática, nos dedicamos a arrojar tinteros de diversos colores a los cartelones que llenaban las calles madrileñas con la efigie de cierto político de entonces, empeñado en conmemorar no sé cuántos años de su insistente y no demasiado atractiva paz. Creo que llegamos a abismar media docena de aquellos edificantes posters que al día siguiente fueron retirados por los agentes municipales».
Se fue de España porque le asfixiaba la dictadura. Y no regresó hasta que volvió el aire.
Sin perder un ápice de sus convicciones ideológicas, que acaso encontraron parcial consuelo en los gobiernos socialistas. Con convencimiento, más que sin esperanza.
Ya escaso de fuerzas, estuvo en primera línea de la militancia contra la guerra de Irak. Y en ningún momento dejó de manifestar un credo que sirvió tanto a su poesía como a su actitud cívica, el del compromiso. Siempre interesado «por el prójimo próximo y el ajeno», en palabras de Josefina Martínez.





