-Hay que reconocerle un gran mérito al anónimo ancestro que tomó la sabia decisión de abrir un animal tan feo y pinchudo y catar la ambrosía existente en su interior -comienza Ramón, el Epicuro de Gozón.
-Se trata, en efecto, de un descubrimiento equiparable a otros también anónimos como el fuego o la rueda, que tanto coadyuvaron a civilizarnos. No es difícil admitir mi vieja hipótesis de que la cosa pudo desarrollarse más o menos así: en un siglo inconcreto antes de lo de Cristo, un 'playus licúrnigus' husmeaba entre las rocas de un pedrero adyacente al poblado de la Campa de Torres a la búsqueda y captura de peces atrapados en los charcos formados en la bajamar. De pronto, siente un pinchazo en la planta de un pie, de la cual arranca varias púas de un erizo al que luego atiza un porrazo que lo despanzurra. Atraído por el color rojo, moja un dedo en las entrañas del bicho, se lo lleva a la boca... y así hasta nuestros días -expuso el historiador Polibio de las Peñamelleras.
-El predominio de la humana sobre el resto de las especies es fruto paradójico de una falta de humanidad que nos permite llevar a la cazuela todo lo que camina, nada o vuela y hacer comestible prácticamente cualquier cosa que sea susceptible de cortarse en trozos pequeños. Así se explica, por ejemplo, que en las cartas de ciertos restaurantes figuren platos como larvas fritas o braseadas, sopa de babosas, entrecot con orugas, zanahorias con salsa de gusanos y crías de escarabajo untadas sobre pan tostado -fue el turno del gastrónomo Farturo Farias.
-Todo ello confirma la teoría de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, un ser omnímodo... o sea, que come de todo -precisó el escolástico elástico Tomás de Aquisí.
Finalmente, Sibila, la bruja del Natahoyo, practicó la oriciomancia con el único equinodermo que se libró de la matanza y leyó en sus huevas este oráculo en verso:
-Seremos muy, muy felices, / con no pocos beneficios, / y en vez de comer perdices / paparemos más oricios.
-¿Amén! -corearon los comensales.





