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GIJÓN
Ya están ahí
15.01.08 -

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A la vuelta de la esquina. No se habían apagado aún los retines de las campanas navideñas, cuando ya tañen a rebato las que convocan a los vecinos a concejo, a elecciones, a las urnas. De nuevo, nos reclaman en sus puestos a la soberanía nacional, o sea, a nosotros, para que acudamos a salvar al país armados con esas inermes armas que son las papeletas del voto y para que, nuevos Eolos, marquemos el rumbo que debe adoptar en un futuro el viento de la historia mediante el simple procedimiento de meter una papela en una urna.

En el rincón derecho del ring y con calzón azul, un candidato de la patria con todo el equipo y sus segundos detrás. En el rincón izquierdo y con calzón rojo, el otro candidato de la patria, y ambos calentando músculo a la espera de que el árbitro dé comienzo a una pelea en la que los púgiles no sacan a pasear más que puños dialécticos, pues quien decide es el respetable, o sea, nosotros, el personal, los mayores de dieciocho años con ganas de conservar o de mudar lo que hay. A los candidatos no les queda otra que exhibir maneras de cara al público, es decir, limitarse a predicar sus promesas, a tirarse puyas dentro del ring, y tú más, o a tirar balones fuera, qué hiciste en Irak, papi, cuando es preciso salir del atolladero.

Es el momento. Hay que aprovechar esta ocasión para hacer pie en la orilla blanca o en la orilla negra, momento para elegir entre la cartera a la diestra o el corazón a la siniestra, para optar entre la cocina o la biblioteca, para escoger entre la lógica o el interés, o entre guerra y paz, que lo de Bush aún colea. Ahora es el tiempo adecuado para poner coto o dar licencia a la intolerancia o a la tolerancia, a la injusticia o a la equidad, al abuso o al diálogo, a la corrupción o a la sana administración. Y todo con una simple papeleta de las de hacer papiroflexia, una simple hojuela de voto de la no dispusimos hasta hace apenas tres siglos, y eso después de sembrar el camino con héroes muertos en la lucha contra el absolutismo de los privilegiados.

Ahora es cuando de verdad podemos colocarnos en contra o a favor del viento de la historia, votar a favor del machismo o en contra, a favor de los darwinismos o en contra, a favor de la maldición eterna para los homos o viceversa. Ahora podemos abrir una portezuela de esperanza al negro africano del cayuco, o cerrarla para que se pudra en el infierno que les legó la descolonización.

Con un simple voto se puede sumar o restar un 0,7% del PIB con el que remediar o agravar el hambre de quienes pasan hambre. Gracias a un simple voto alguna mujer se podrá desligar por ley de un esposo maltratador que la mantenía atada con lazos indestructibles, hasta que la muerte nos separe, y que por ello ejercía de impune matón doméstico, por horas y con licencia eclesiástica. Mediante un voto que posee idéntico valor contable para la tía Enedina, de profesión sus labores, que para don Rigoberto, de profesión rentista banquero, que para Manolín, mindundi del montón, las cosas pueden o mejorar, o quedarse como están, o retroceder.

En las sedes de los partidos echan chispas las máquinas electorales, porque desde que Rousseau descubrió que el poder reside en el pueblo soberano, los políticos, que también son pueblo, andan a obedecernos por seguir con el culo en el escaño. Y mientras ruge la marabunta y los primeros espadas se arman de brocha para encolar carteles de fotos retocadas, habrá que ver la de Gabino, nosotros a lo nuestro, a que nos seduzcan. ¿Qué prefieres, monín, Coca o Pepsi? ¿Con condón o sin condón? ¿Te gusta la rubia o prefieres la morena, guapo? Y nosotros al coqueteo, ay, Rajoyín, tonto, deja de sobarme, en un sin vivir, ay, Zapa, qué zalameru yes, en ese sin vivir que precede a los días grandes de la democracia.

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