Pese a todo, España se ha puesto a la cabeza de las donaciones en el mundo gracias a la justamente reconocida gestión de la ONT, pero, sobre todo, como consecuencia de un profundo cambio cultural que ha sabido asimilar la muerte propia o la del ser querido como una oportunidad solidaria para con los demás. Junto a ello, el incremento de las donaciones de vivos introduce una posibilidad de amplio recorrido para patologías de riñón e hígado, aunque entrañe dilemas personales y vicisitudes familiares especialmente delicados, dado que la oportunidad del trasplante tiende a conminar moralmente al potencial donante poniendo a prueba los vínculos más estrechos de afecto. También por eso conviene subrayar que, en última instancia, la disposición a la donación dependerá del propio desarrollo de la medicina especializada, que en tanto vaya afrontando exitosamente trasplantes multiorgánicos y extendiéndose por el conjunto del sistema hospitalario contribuirá, más que ninguna campaña de divulgación, a que cada ciudadano vea posible y necesario lo que hasta hace poco parecía tan excepcional e incluso inquietante. Pero la congratulación general no podría ser del todo solidaria si los españoles nos olvidásemos de nuestra privilegiada situación y del abismo que nos separa de quienes en el mundo no pueden acariciar la esperanza del trasplante y, especialmente, de quienes se ven obligados a vender sus órganos o les son extraídos a la fuerza en el tráfico más inhumano que quepa imaginar.





