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OPINIÓN EDITORIAL
Generosidad y ciencia
15.01.08 -

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LAS las donaciones de órganos para su trasplante alcanzaron en 2007 en España la cifra histórica de 1.550. Su paulatino incremento resulta especialmente positivo teniendo en cuenta que el número de enfermos en espera de un nuevo órgano se ha mantenido prácticamente estable en los últimos años, en torno a 5.000 casos. Sin embargo, el hecho de que el Ministerio de Sanidad y la Organización Nacional de Trasplantes hayan fijado la tasa de 40 donantes por millón de habitantes como objetivo para el conjunto del país -la media se sitúa por ahora en 34,3- y el desarrollo de una campaña orientada a sensibilizar a los inmigrantes para activar las donaciones refleja la preocupación existente sobre un eventual retraimiento de las mismas que podría derivarse, paradójicamente, de la propia satisfacción social por los resultados alcanzados. No es el caso de Asturias, que volvió a incrementar el número de donantes de órganos y se situó, tras La Rioja, como la segunda comunidad autónoma con una mayor tasa de donaciones, con 48,6 por cada millón de habitantes, más de 14 puntos por encima de la media nacional

Pese a todo, España se ha puesto a la cabeza de las donaciones en el mundo gracias a la justamente reconocida gestión de la ONT, pero, sobre todo, como consecuencia de un profundo cambio cultural que ha sabido asimilar la muerte propia o la del ser querido como una oportunidad solidaria para con los demás. Junto a ello, el incremento de las donaciones de vivos introduce una posibilidad de amplio recorrido para patologías de riñón e hígado, aunque entrañe dilemas personales y vicisitudes familiares especialmente delicados, dado que la oportunidad del trasplante tiende a conminar moralmente al potencial donante poniendo a prueba los vínculos más estrechos de afecto. También por eso conviene subrayar que, en última instancia, la disposición a la donación dependerá del propio desarrollo de la medicina especializada, que en tanto vaya afrontando exitosamente trasplantes multiorgánicos y extendiéndose por el conjunto del sistema hospitalario contribuirá, más que ninguna campaña de divulgación, a que cada ciudadano vea posible y necesario lo que hasta hace poco parecía tan excepcional e incluso inquietante. Pero la congratulación general no podría ser del todo solidaria si los españoles nos olvidásemos de nuestra privilegiada situación y del abismo que nos separa de quienes en el mundo no pueden acariciar la esperanza del trasplante y, especialmente, de quienes se ven obligados a vender sus órganos o les son extraídos a la fuerza en el tráfico más inhumano que quepa imaginar.

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