Pero es precisamente el temor que ha aflorado entre esas mujeres a ver descubierto un acto tan íntimo y, en muchas ocasiones, tan secreto el que pone de manifiesto que la aprobación de una ley ampliamente consensuada no ha bastado para normalizar la admisión social del aborto. A ello no es ajena la incongruencia que supone que sean los poderes públicos los primeros impelidos a velar por la adecuada aplicación de la norma mientras delegan abrumadoramente su ejercicio en manos de clínicas privadas. Menos del 3% de las 90.000 interrupciones voluntarias del embarazo que se registran cada año en nuestro país se efectúan en hospitales públicos, hasta el punto de que los servicios sanitarios de cinco comunidades autónomas -Castilla y León, Castilla-La Mancha, Andalucía, Murcia y Extremadura- no ofrecen esa alternativa y en otra -Navarra- no se practica la intervención en ningún caso. Esa renuncia a ejercer un compromiso público más riguroso no sólo prejuzga la existencia de objeciones de conciencia en los equipos médicos no cuantificadas. También contribuye decisivamente a que el aborto continúe considerándose como un problema individual y reservado, cuyo ocultamiento dificulta la propia efectividad de las campañas de contracepción.





