Esa imagen dice mucho de Conchita, nuestra madre, capaz de emocionarse con las cosas más pequeñas como el roce de una ola, la sensación dulce de pegar la lengua contra una bola de helado o ante el nacimiento de una nueva flor en su querido jardín de Quintes.
La recuerdo frotándose las manos con la yerbabuena para impregnarse de su buen aroma con la misma delicadeza que si se aplicara el más codiciado de los perfumes y recopilando migas de pan para dar de comer a los pajarinos que se acercaban al porche de su casa sabiendo entender la hospitalidad de esta mujer, capaz de chantajear a todos nuestros amigos con su arroz con leche a cambio de que se vistieran -a nosotros también, por supuesto- de asturianos para asistir a las fiestas de Santa Ana.
Le parecían pocos cinco hijos, quizás por eso le hayan sobrado abrazos que ahora reparte en otros lugares. Imagino angelotes formados y vestidos con el traje regional y arpas celestiales sustituidas por gaitas, allá donde ahora habrá puesto más orden del que había.
Todavía oigo el sonido de sus castañuelas, el de su risa y los ayes que no podía ni quería reprimir al sentir el agua fría de una ola cosquilleándole los pies.





