
Esas porciones de suelo edificable son tan golosas para los promotores porque, en primer lugar, se cotizan a la vez como centro y primera línea de playa, dos valores seguros para encontrar compradores incluso en coyunturas tan poco propicias como la actual. El segundo motivo es que estas bolsas de vivienda libre salen al mercado con cuentagotas, lo que acrecienta su atractivo como producto 'cuasi' exclusivo. Baste como ejemplo que, en los últimos cinco años, prácticamente sólo se han construido dos edificios de nueva planta en el Muro, donde las licencias de obra estuvieron mucho tiempo suspendidas por la tramitación del vigente plan especial. Uno fue una rehabilitación integral dentro del conjunto del martillo de Capua promovida por el Grupo Fresno y otro es un proyecto de 35 viviendas con la peculiaridad de que fue el primero en incorporar cristaleras de vidrio para el cierre de su fachada, en el número 46 de la calle de Ezcurdia.
Esos nuevos pisos construidos frente al principal paseo marítimo son ahora mismo los que dan la referencia de precio a los empresarios consultados, quienes están convencidos de que en este momento podrían obtener sin problemas por una vivienda con uno o dos dormitorios, en primera línea de la playa de San Lorenzo y buenas calidades, entre 6.600 y 7.200 euros.
Los objetos del deseo de los constructores en la principal fachada marítima de la ciudad comparten rasgos comunes. Se trata de inmuebles construidos hace más de medio siglo, no catalogados, que si son adquiridos por un promotor pueden desaparecer para dar paso a edificios de nueva planta cubiertos de espejos de vidrio reflectante. En algunos casos, además, con el doble del número de plantas del actual y la posibilidad de retranquear su fachada para poder habilitar áticos.
El privilegiado emplazamiento de estos solares y las aparentes ventajas urbanísticas que ofrecen son también un arma de doble filo, porque del mismo modo que predisponen a los promotores inmobiliarios a comprar, también dificultan que la propiedad, muchas veces diluida entre un gran número de herederos, se ponga de acuerdo para vender.
En cualquier caso, dos de los inmuebles en el punto de mira de los constructores se encuentran en los números 32 y 34 de la calle de Ezcurdia, con tres y cuatro plantas respectivamente, y hacen esquina con Juan Alonso. Uno de ellos, deshabitado desde hace mucho tiempo y en estado de ruina, es foco habitual de quejas de los vecinos de los edificios colindantes por la suciedad que generan roedores y palomas. Construidos ambos a principios del pasado siglo, sus pisos acogen en la actualidad entre los dos portales a una única familia. Y la actividad comercial se reduce al bajo del número 34, donde existe una tienda de ultramarinos a cuyo frente lleva 20 años la familia De la Vega Morís. Los tanteos a los propietarios son casi continuos desde hace ocho años.
Algo parecido sucede con el número 11 de la calle de la Caridad, que tiene su fachada principal en Ezcurdia. Data de 1954, consta de tres plantas y es obra del arquitecto Juan Corominas. Tiene justo enfrente el colegio San Vicente y la mayoría de sus viviendas están vacías. También en este caso una tienda de surf representa ahora la única muestra de actividad comercial.





