
De las tres partes en que se divide 'Las aguas silenciosas', es la tercera, 'Otra orilla', la que se desliza con más evidencia entre la exploración y el hallazgo, en la que, como él mismo autor admite, «está más presente esa línea de luz».
Presentado ayer en el Ateneo Obrero de Gijón, el nuevo título de Velasco, que asegura haber escrito entre 'La hiedra del silencio' y 'Noche' (Premio Antonio Machado), es, sobre todo, un viaje por las «todas las preocupaciones universales» del poeta.
Lo que hace en 'Las aguas silenciosas' este seguidor de Machado («que reduce la narrativa a elementos mínimos que persiguen la emoción», de Cesar Vallejo («aunque tratando de evitar su hermetismo» e, incluso, de Jorge Manrique, es hablar del tiempo «que transcurre inexorablemente y del que se hacen metáfora las aguas»; del amor «que tiene el sentido de la lucha contra la muerte», que se describe en los cuerpos «como tabla de salvación otra vez en el mar de la muerte», y sobre todo de la identidad, del sentido existencial. «Me pregunto ante el espejo qué es lo que somos, pero no me interesa demasiado saber dónde vamos», dice el poeta, para quien la música es otra de las esencias de sus obra. «Soy un enorme aficionado, que no tiene demasiado oído, pero el que tengo lo concentro con todas mis energías en que el verso tenga su ritmo».
El silencio, la soledad, la infancia, el dolor son también sus preocupaciones y con todas lo es la vida.





