
Eso es lo que a mí me pasa con el dentista: Me sigue acojonando.
Pero hay ocasiones en que parece que la vida te quiere recompensar por no haber elegido tantos dolores pequeños y ocurren cosas como la que voy a contar.
Cuando me senté en la sala de espera del odontólogo (así parece que asusta menos) despistado y con sensación de náusea por el extremo y anestésico olor que se extendía por la estancia me sentí tan solo, de hecho no había nadie más, que empecé a rebuscar en el clásico revistero que hay en esta clase de lugares. Las revistas del corazón son las publicaciones tópicas de las salas de espera, supongo que con la intención de que los pacientes o los que esperan se olviden de su estrés con las peripecias de los famosos de medio y cuarto pelo; el caso es que a mí estas revistas me dan tan mal fario, que al contrario de lo pretendido, puedo enfermar de súbito agravándose más aún la situación.
Así todo, rebusqué en el montón a ver si había algo de viajes o decoración o de cualquier otro tipo y lo que me encontré fue una revista de Iberia, de las que te dan en el avión con su publicidad y 'merchandising' (palabrón donde los haya, o sea, mercadería), etc.
En avión hubiera querido salir de aquella consulta, si hubiera sido posible, pero no había más remedio que aterrizar, así, que comencé a hojear la revista 'Ronda Iberia'.
Pues ya os podéis imaginar el contenido, ideal para el avión: es decir que el paralelismo entre la sala de espera del dentista y la cabina de un avión existe: Evádase usted.
Entré en los humos de la evasión imaginando volar a un destino incierto que de súbito se hizo extraordinario, pues en la página número 46 de la revista encontré una sección en la que aparecía un personaje conocido, un asturiano de nombre Ángel González, de profesión piloto de la palabra y reconocido poeta.
La sección se presentaba bajo el título 'Gran clase' y aparecía un relato evocador que hablaba de la incierta luz de la infancia y del paso del tiempo, todo esto a modo de presentación de un poema que figuraba en la mitad inferior de la página, tal y como sigue:
Como suele ocurrirme, a veces, me sorprendí cantando una canción con el texto que estaba leyendo por primera vez. En un ademán casi biológico volví a comprobar que estaba solo en la sala de espera y salí remontando el vuelo como un cóndor en el altiplano de los Andes. Me río yo de Iberia. Juro que no estaba bajo influencia de ningún tipo de estupefaciente; la vida por sí misma, y en algunos casos unas palabras, son suficiente experiencia para convocar en nuestro interior emociones antiguas y profundas, que pudieran ser intuiciones espirituales o insondables sensaciones humanas, quizá fantásticas o pueriles, pero experiencias que no pueden dejarte indiferente, y debe de ser interesante, si se puede, definir a que clase pertenecen.
Sentir un boceto de canción es para un compositor algo que jamás y por nada del mundo dejará escapar, aún sabiendo que no tiene porqué terminar bien.
No había otra opción, arranqué la hoja de la revista y doblándola en cuatro partes, tal y como está ahora delante de mí, la metí clandestinamente en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
Aún con el sofoco de ser sorprendido como un ladrón de sensaciones, la enfermera me llamó. No recuerdo más.
Un año más tarde conocí a Ángel González.
La Semana Negra estaba en total ebullición y no suelo pasar demasiado tiempo allí por razones que ahora no vienen al caso, pero ese día sabía que el poeta estaría haciendo una lectura de poemas en la Carpa de los Encuentros, sin duda el lugar apropiado para conocer a aquel que me había salvado de mi pánico al dentista.
Procuré anticiparme a la hora y nada más llegar lo reconocí entre las pocas personas que pululaban por la carpa. Tomé el tiempo de los tímidos para pensar que coño le iba a decir, si sería conveniente hablar de salas de espera, de pánico o de odontólogos, argumentos que me parecieron todos ellos inadecuados, cuando mi intención era contarle que al fin había una canción nacida de la casualidad y que probablemente quisiera editarla en un tiempo futuro, para lo que necesitaba su autorización.
Todavía conservo el papel manuscrito y firmado sobre el que me dio su permiso para « poner música al poema que comienza con el verso 'Volver a ver el mundo ' publicado en la revista 'Ronda Iberia'. Gijón a 19 de julio de 1998».
El poema no tenía título. La canción, aún sigue inédita.
Gracias otra vez, Ángel. ¿Volver a ver el mundo como nunca
había sido !
En los últimos días del verano,
el tiempo detenido en la gran pausa
que colmaría setiembre con sus frutos,
demorándose en oro
octubre,
y el viento de noviembre que llevaba
la luz atesorada por las hojas
muertas hacia más luz,
arriba,
hacia
la transparencia pálida de un cielo
de hielo o de cristal
cuando diciembre
y la luna de enero
hacían palidecer a las estrellas:
altas constelaciones ordenando
la vida de los hombres,
el misterio tan claro,
la esperanza aún más cierta
Aquella luz que iluminaba todo
lo que en nuestro deseo se encendía
¿no volverá a brillar?





